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26 noviembre 2009

Publicado noviembre 26, 2009 por con 1 comentario

Visita Turística a los Baños Sulfurosos de Oromina- Parte II


Los Baños sulfurosos de Oromina son un conjunto disperso de pozas o piscinas con aguas sulfurosas o azufradas que nacen del subsuelo, localizadas —como dije— en el cerro del mismo nombre, alrededor de 4 kilómetros en línea recta desde la ciudad de Moyobamba, departamento de San Martín (selva Alta del Perú). Las coordenadas exactas de la ubicación (de la primera piscina) son 6°04'04.43''S 77°00'16.68''W. Compruébenlo por Google Earth… Tales fuentes de agua son cuatro en total: dos profundas pozas naturales y dos piscinas que se llenan con el agua azufrada de las pozas que no deja de descender. Además hay una fuente con agua pura y fresca que emerge de un río de más arriba. En las fotos podrán ir observando a cada una de éstas. Pueden apreciar que el color de las aguas varía de un plomo verdoso a un celeste grisáceo, pero lo que si no serán capaces de saber con sólo ver las imágenes, es el olor que emanan: éste es como el de huevos podridos hirviéndose. Asquerosas pero curativas. Había dicho que son refrescantes, sí. Sin embargo, me olvidé el “detallito” de que apenas te vayas aproximando a estos baños de la Amazonía peruana, tu olfato será el mayor perjudicado. No obstante, eso será lo de menos cuando se trata de sanarse de alguna enfermedad de la piel, los músculos o los huesos. Pues, las propiedades del azufre son bastante beneficiosas para la cura o el alivio de males que varios ni se imaginan; y para que se informen mejor sobre esto, visiten esta dirección y revisen la parte de “Propiedades Medicinales de Aguas Sulfurosas”.

Les cuento que cuando llegué a estos milagrosos baños tuve ganas de meterme al agua de una vez, pero un sentimiento más fuerte me retuvo unos minutos: era mi pasión por la fotografía y el rodaje. El cielo advertía tormenta, y es por eso que quise concluir cuanto antes con la inaplazable “inmortalización” de este maravilloso lugar rodeado del verdor de la flora sanmartinense. Bebí un sorbo de mi botella y dejé todas mis cosas (menos la cámara) sobre una quebradiza mesa debajo de una choza cerca a los baños. A pesar de que las pozas naturales se encuentran metros más arriba de las piscinas, fotografié y filmé primero a éstas desde todos los ángulos posibles. La de la izquierda (tomando como referencia la entrada al sitio turístico) está cercada con troncos y tallos de bambúes partidos, y tiene un letrerillo de peligro. Un campesino que pasó por allí me contó que mucha gente se había resbalado en esas aguas y a las justas pudo salir con el auxilio de otros. “¿Y por qué padeció?”, le pregunté al sujeto, que mudaba botas y sombrero. “Porque hay algo que te absorbe desde el fondo”, respondió mi interrogante, dejándome sorprendido de inmediato. Y luego le consulté si sucedía lo mismo en la poza de la derecha que, en cambio, permanece expuesta. Me dijo que ahí no se corre mucho peligro de ahogar. Sus profundidades son menos traicioneras. En ambas, sus aguas son un poco burbujeantes y en sus superficies flotan algunas hojas secas que se desprenden de los árboles de en derredor. Esas son las pozas de Oromina que la naturaleza ha ido formando durante años y años, y que el hombre tuvo el prodigio de descubrirlas para drenar y limpiar sus aguas hasta un par de piscinas, aptas para el baño y de baja hondura, llegando máximo hasta el tórax de un individuo de estatura media.
El campesino que conocí, después de que nos tomáramos fotos el uno y el otro, me invitó a darme una duchada en las azufradas aguas de Oromina, cosa que recién hice al finalizar mi disparo de flashes y enfoques de cuadros fílmicos. El agua, debido al tiempo atmosférico, se mantenía un tanto fría, y más la de la piscina que no contenía azufre. Sin previo aviso, comenzó a garuar con fuerza, mientras todavía seguía sumergido en la segunda piscina, de la derecha y un poco más pequeña que la primera. Mis pertenencias y la cámara estaban a salvo de las gotas bajo la sombra de la choza que he mencionado. Y antes de ir a recogerlas para regresar, me zambullí de nuevo en la piscina “desazufrada” para efectuar mi enjuague, aunque la precipitación de las nubes me mojó regular. En ese momento, leí las inscripciones de un cartel puesto en dos tallos, que lo había fotografiado, pero que no me di espacio para terminar de repasar todo lo que decía. Eran palabras en quechua con sus respectivas traducciones al español; se lo diré algunas: UPA= Sordo, ASNAY= Mal olor, TUNCHI= Fantasma, TONGORO= Garganta.

A la vuelta, a mitad de camino para llegar a la carretera, las nubes no aguantaron más y empezó a llover a cántaros. Tuve que asegurar todo lo que llevaba dentro de bolsas de plástico en el interior de mi mochila; lo más importante: cámara, celular, dinero, ropa y apuntes… Logré estar en la entrada de Moyobamba a las 11:15 a.m., y con el cuerpo escurriéndome de pies a cabeza, ordené un almuerzo. La lluvia había calmado.
Y acabaré estos posts, diciendo algunos datos para aquellas personas que quieren evitarse de visitar a pie los baños sulfurosos de Oromina de Moyobamba: El medio de transporte más económico y factible para llegar a estas pozas azufradas es el motocarro. Como desde la entrada de la ciudad son algo de sólo 6 kilómetros, el conductor te llevará y traerá de regreso (con espera de media hora incluida) a un precio de 10 nuevos soles. OJO: El ingreso cuesta 1 nuevo sol, precio que no pagué porque pasé desapercibido en un momento tan inusual. No sigan mi ejemplo… Hasta la próxima, y chequen el vídeo, amigos(as).



FIN

Descarga de fotos en Alta Resolución de los Baños Sulfurosos de Oromina, AQUÍ.
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24 noviembre 2009

Publicado noviembre 24, 2009 por con 0 comentarios

Visita Turística a los Baños Sulfurosos de Oromina- Parte I


Y después de tres caídas de agua y un morro en los segmentos de turismo de aventura, ahora les contaré sobre una visita que hice a un lugar en el que muchos podrán darse una refrescada, además de realizar una especie de terapia para curarse de ciertos males y enfermedades. En los dos post que les presento (o presentaré), que encierran el relato de la aludida salida turística, también seré corto en palabras como en la narración de las visitas a las dos últimas cascadas, que pueden leerlas en mi blog. Ya se imaginarán (los que no dejan de seguirme) que la prisa es la que me mueve a hacer esto en el correr de estas fechas. El término clave: “festival de la orquídea”... Ante todo, y previo a empezar, tengan en cuenta que también encontrarán imágenes para descargar al final de cada post y un vídeo de mi propiedad al acabar la historia, que por primera vez subí a Vimeo.
El 11 de Septiembre del año en curso, un día que anunciaba lluvia y con una temperatura en lo absoluto cálida, estuve en la ciudad de Moyobamba y no en Tarapoto, mi tierra natal. Durante las últimas semanas el clima estaba lluvioso y raras veces brillaba el sol. Ese viernes cercano a la estación primaveral (iniciada el 23 de Septiembre), los cerros y alrededores amanecieron llenos de neblina y el cielo permanecía totalmente nublado. Cuando me retiré del hostal Atlanta (en el corazón de Moyobamba) a las 7:36 a.m., los 19 o 20 grados Celsius que sentí fueron un alivio para mí. ¿No les dije que prefiero el frío o la frescura en vez del calor…? A pesar que nací en un pueblo cálido de la Amazonía, no soporto los bochornos. Y por ese motivo, rogué porque la mañana se mantuviera en tales condiciones; pero, la única cosa que me temía, era que lloviera fuerte y frustrara todo mis planes que tenía para la fotografía. Decía: “Que máximo sólo caiga garúa hasta luego de haber terminado de filmar y tomar fotos a mi destino turístico, y más tarde me tiene sin cuidado si llueve torrencial o no”.
Mientras caminaba por las tranquilas calles moyobambinas, con todo lo indispensable encima, aún no sabía dónde precisamente quedaban los baños sulfurosos de Oromina. Disponía de una referencia, sí. Estuve seguro que debía de salir de la ciudad por la “puerta de entrada”: el comienzo de una calle que partía de la carretera Fernando Belaúnde Terry. Cuando pasé por la plaza de Armas, decidí al fin preguntar qué ruta seguir para llegar a los baños con agua azufrada. Un viejo jardinero que hacía su trabajo con un pequeño rastrillo, fue el quién me indicó el rumbo que tendría obligatoriamente en mi caminata. Se lo agradecí y avancé.
En 25 minutos, poco más o menos, logré llegar a la carretera. Había algo de vapor de agua en el ambiente que solía empañar las lunas de mis anteojos si caminaba y respiraba acelerado. Para tener más referencias sobre la ruta, pregunté a tres personas aparte: primero a una señora a cargo de un restaurante, segundo a un motocarrista que hallé con su vehículo estacionado a un lado del asfalto, y después a un profesor que andaba con sus alumnos. De modo que con todas las indicaciones metidas en la cabeza, me dirigí al sitio que se localiza en las propias faldas del cerro Oromina… Tuve que andar en torno a dos kilómetros hacia el Norte para entrar por un camino sin pavimentar a la izquierda de la Belaúnde, el mismo que pasaba por medio del pueblo de Indañe. Sólo había como un ciento de casuchas y un molino por estos lares. Aparte de unos cuantos pobladores, vi una piara de chanchos o puercos embarrados y un grupo de gallinas picoteando el suelo. Cuando acabé de cruzar el villorrio, la temperatura se hizo todavía más fresca, de unos 15 o 16 grados, y casi no bebía agua de la botella que llevé. Fotografié y filmé el camino. La tierra y el aire contenían bastante humedad. Transitaba poca gente y más escuché el sonido de los grillos y cigarras que el canto de los pájaros. El croar de algunos batracios se fue haciendo más fuerte a medida que seguía. Brinqué charcos y capturé con la cámara a uno que otro campesino. Debía de ir sin desviarme del sendero, así como me recomendaron. A los lados, solamente crecía pasto y arbustos; los cultivos se veían más alejados y las casas o chozas, también. Tras haber recorrido un par de kilómetros desde que doblé de la carretera, me quité el polo y lo amarré en la correa de mi mochila. Quise “absorber” al máximo la frescura de la naturaleza de esta latitud del Perú.
Luego de ascender una cuesta y avanzar unos metros por un terreno horizontal, con rústicas moradas a ambos costados, me detuve unos momentos a las 9:16 a.m. para fotografiar, pues, había llegado al camino de ingreso a los baños sulfurosos de Oromina y al cerro del mismo nombre. Se ubica a la siniestra y tiene una puerta de palos cruzados, que por lo común para abierta. En seguida, entré y marché aproximadamente cien metros hasta llegar al inicio de mi destino “semi-natural”, ya que aquí había intervenido tanto la mano del hombre como la propia naturaleza. Allí, sobre dos palos, vi clavado un letrero con fondo turquesa y letras rojas, y con una ortografía como para que los padres de la lengua española se cortaran las venas. Véanla ustedes en la imagen superior.
“¡Por fin aquí!”, alcé la voz, y comencé a hacer lo mío con el cacharro digital, propiedad del amigo de mi padre, el mismo que usé en mis andares por Lamas dos semanas atrás. La luz del ambiente no me ayudaba, pero apliqué mi ingenio para que el producto final salga aceptable. Algunas muestras de ello lo podrán descargar ahora… Y para describir a estas fuentes de agua de la selva peruana, sería bueno que lean con atención, y lo pueden hacer a continuación, o mejor dicho, en el siguiente post o Parte II de esta visita turística, a la que realizarla caminando bajo los efectos del inestable clima, se convertirá en una pequeña aventura… digan lo que digan.



Descarguen fotos en alta resolución de la visita turística a los baños sulfurosos de Oromina, AQUÍ.
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