A tres cuartos de
alcanzar la cúspide del majestuoso morro de Calzada, el
sendero se tornó exageradamente rocoso y desnivelado. La temperatura
era 28 grados Celsius aproximadamente. Raras veces escuché el
canto o el aleteo de los pájaros. El terreno con escasos árboles y
arbustos no era un lugar apropiado para que los plumíferos construyeran sus
nidos o refugios. Muerto de sed, siguiendo mi ascenso con la lengua
afuera, no demoré en llegar a una escabrosa área en la que crecían sólo hierbas
y plantas medianas. De colmo, el sol brilló un poco de nuevo. “Qué
clima tan jodid…”, dije enojado y tirando abajo la varilla que
cogí a un principio. Tras otra serie de palabrotas, me propuse a beber
mi último trago de líquido antes de arribar a mi objetivo del día, puesto
que a las justas me sobraban algo de 100 mililitros. “Los comerciales de
bebidas sí que son fantasiosos, ¿eh?... O, ¿es que no debería haber subido tan
rápido?”, pensé… La verdad es que puede que haya ascendido muy rápido,
porque según leí en programas de turismo, el tiempo
normal que los aventureros emplean en ir de la carretera a la cumbre del
morro es de 2 horas a más. Recién había transcurrido hora y media desde que
salí de la combi, y ya estaba por llegar a la punta. ¿Ustedes qué opinan?
De repente oí unas voces procedentes de arriba.
Parecían la de unos niños jugando y riéndose, y entre ellas, más lejana, pude
distinguir el llamado de un adulto. No me imaginé que se
trataba de un padre de familia gritando a sus hijos, ya que percibí los
alborotos de varios chiquillos, una docena tal vez. Ya no estamos en la
“época de la carreta” como para que alguien se dé el lujo de mantener a una tropa
de muchachillos. Poco a poco, mientras restaba distancia a la “corona”
del morro, las articulaciones se fueron volviendo entendibles, pero no las
presté demasiada atención, dado que mi práctica de senderismo había implicado
peligro de caerme durante ese último tramo sino caminaba con cuidado. El
ritmo de mi respiración se aceleró más, así como el de los latidos de mi
corazón. Bañado de sudor y como si sufriera ataques de asma, troté los metros
sobrantes a mi meta eco-turística.
Al fin, falto de
aire y con las lunas de mis anteojos nubladas por la transpiración, llegué a la
cima del morro de Calzada. A mi izquierda, a 15 o 20 metros, un
grupo de chicos de poco más de diez años observaba el panorama desde un mirador
natural exuberante en pasto en el canto, por lo que tenían que
encaramarse a una piedra y apreciar desde ahí. Ellos aún no me veían. Y, en
tanto seguí de frente, escuché la voz de la persona mayor por algún sitio cerca
a los niños. Me limpié las gafas con el polo y giré la cabeza para
encontrar con la vista al sujeto. Le ubiqué sentado en una roca, y desde su
posición no paraba de advertirle a los púberes que mantuvieran el equilibrio y
dejaran de hacerse bromas encima del pequeño risco. Sin manifestarme a dicha
gente, continué caminando. Ya luego me presentaría ante todos. En esos
momentos, sólo deseaba fotografiar el paisaje desde otro borde del morro, por
donde no me estorbaran o me taparan la vista. Los rayos solares
fueron amortiguados de nuevo por las nubes que se movían a velocidad
indefinida en el cielo. El viento corría por ratos fuertes y por ratos
suave. Sentí frescor a esta altitud.
No di ni medio ciento de
pasos cuando a mi derecha hubo un viejo tambo para protegerse de las
inclemencias del tiempo. Los palpitares se hicieron más lentos y seguí
avanzando. El terreno se elevó unos cuantos metros y después se inclinó hacia
abajo. Llegué al lado opuesto de la vista al pueblo de Calzada, y ahora
la ciudad de Moyobamba apareció en lontananza. Encendí la cámara para
filmarla y fotografiarla… Antes de concluir con mi relato y colocar el
vídeo, aviso al lector y visitante que quiera ver las imágenes en alta
resolución, haga clic sobre éstas, salvo en las que estoy y la demás gente.
Luego de inmortalizar el horizonte, me recosté en la hierba a
descansar, no sin antes haber bebido. Cerca de mí había erigida, sobre un
bloque de cemento fijado en la tierra, una cruz gris pintarrajeada de
2.5 a 3 metros de altura. Y a unos minutos, mientras me anudaba las
agujetas, se aproximaron por detrás el adulto y los niños. Nos saludamos y
conversamos. Durante la plática me enteré que el señor (no mucho que
digamos) se llamaba Adrián Silva y era el maestro de los jovencillos.
Habían salido de día de campo, eligiendo como parte de su aventura la
exploración ecoturística del morro de Calzada, y, como comprobé en el ascenso,
les resultó también una excelente opción para realizar ejercicio físico en
contacto directo con la naturaleza. No obstante, ellos vinieron de otro
sitio, por un sendero al costado nuestro, y de un pueblecito al noreste
de Calzada, Yantaló.
Acto seguido, el
profesor y yo dimos vueltas por los alrededores de la cima del morro, en tanto
me contaba lo que conocía de estos lares. Sus alumnos hacían lo suyo
apartados de nosotros. El maestro Silva me recomendó fotografiar y
filmar a los pueblos de Yantaló y Yuracyacu, y a la selva que se extendía más
allá de las faldas del morro. A continuación, le propuse que me sacara unas
fotos por los bordes de mi destino amazónico. Le recompensé con lo mismo.
Incluso le disparé el flash junto con unos cuantos de sus estudiantes. Al
final, tras seguir sacando imágenes a más de 500 metros de altura, me volvió a
fotografiar, pero también acompañado de éstos, un trío de sus alumnos… “Le
enviaré todo a su e-mail, profe”, dije cuando me despedí de él.
La bajada del morro fue extenuante, pues ya no
conté con bebida y el sol quemó más. Me tuve que
resignar a probar agua recién en el pueblo. Allí me mudé de ropa en
una calle desierta y compré provisiones en una bodega. Eran entre las
1:30 y 2:00 de la tarde cuando abordé un auto a Moyobamba; las 2:30 cuando la
combi partió de la Ciudad de las Orquídeas, y en Tarapoto, estuve de nuevo
antes de las cinco… Y aquí culmina esta historia de senderismo.
Amigos(as), ahora
pueden visualizar el vídeo que edité para ustedes. Espero que les guste y
me den sus apreciaciones, dudas o críticas. Nos vemos.
A
medida que salvaba distancia a la falda del morro de Calzada, el sendero se
hacía más cuesta y la hierba —aunque no mucha— invadía por doquier. Hasta ese rato, había
sudado buen número de gotas. Tenía sed, obviamente. Pero el punto es que llevé
solamente de 1 a 1.5 litros de líquido entre las dos botellas. No transporté
agua. Estúpidamente pensé que con las bebidas re-hidratantes bastaría para
aplacar el calor y el cansancio. Y, ante esto, tengan presente que mi
promedio diario en ingerir agua es de 3 litros. Creí que por haber
llevado “líquido vitaminado” me ayudaría a acabar más rápido
con mi ansia de tomar y saciarme. Ya sentía tenues indicios de fatiga,
y ni siquiera empecé a subir a la cima del morro. Debía de economizar la escasa
provisión, pues ignoraba cuán inclinado y agreste sería el ascenso. “¡Por
qué demon… no compré agua mineral en el pueblo de Calzada!”,
me recriminé. Nadie es perfecto. A veces, lo que planeas es insuficiente. En
casa, programé que me abastecería de agua al regreso de la cumbre o al concluir
mi actividad física de senderismo, pero en ese momento pensé que
hubiese sido mejor analizar a fondo el factor “adicción al agua”.
Para que comprendan bien esto, les invito a leer el post Caminata
a la Primera Cascada del Río Shilcayo- Parte V.
A
cierta distancia de una inscripción, que no podía leer aún, frené mi andar
para fotografiar algo que quería desde hace meses: una
parte de un risco vertical en medio morro. Si quieren observar a
esta toma en mejor resolución, denle un clic a la imagen de arriba… Les
explico de qué se trata: Si se fijaran, en el centro de la fotografía,
difusamente se ve la forma de una cara con ojos, nariz y boca; muchos dicen,
que antaño, era la fiel copia del rostro de Jesucristo, y que en la actualidad,
debido a las múltiples erosiones ocasionadas por los efectos del sol, la lluvia
y los constantes sismos, se desfiguró casi por completo. “Este es uno de
los momentos en lo que más deseo haber nacido unas décadas antes”, pensé
en voz alta… Y les pregunto a ustedes que se pusieron a leer la (o las)
aventura(s) narradas en mi blog: ¿Se parece o no al semblante del Mesías esta
peña del soberbio morro de Calzada?... Yo, sí le encuentro
“alguito” de parecido. Cada uno es libre de opinar. Y si lo hacen en los
comentarios, por favor conservar la mesura.
Llegado
al inicio de la falda del redondeado monte, el letrero que mencioné se hallaba
a la izquierda del sendero.
Apunté en mi cuaderno de bitácoras lo escrito en este. Con caracteres borrosos,
consecuencia de los fenómenos naturales, decía lo siguiente:
Área Reservada del Morro de
Calzada
Resolución Directoral Nº
0155-87-AG
Altitud: 850 m.s.n –
Plaza de Armas
1400 metros – Cima del Morro
Área: 762.00 ha.
A
la derecha de la senda había una zona enrejada y un camino más angosto que se
unía al donde yo estaba.
Detrás del cerco metálico, cerrado con candado en una puerta, había un cubículo
que posiblemente descendía a un sótano o almacén. A espaldas del mismo y sobre
un suelo alisado, un tanque de cemento con una gran tapa, también de cemento,
ocupaba buen espacio del fondo. Suponía que allí tenían al agua bombeada de
los riachuelos y los canales del perímetro del morro para
repartirla a quien sabe dónde. Ojalá hubiera estado abierto este lugar para
entrar a beber agua de una de las esquinas del tanque que estaba un tanto
libre. Pero no fue así. Y además, alambres con púas obstaculizaban un cruce por
encima de la reja. De manera que, tratando de contentarme con dos
sorbitos de Gatorade, seguí en mi desplazar ecoturístico,
adentrándome en la naturaleza del morro.
Un
denso bosque me rodeaba ahora. Los rayos solares eran sosegados por los
montones de hojas sobre mi cabeza, pero la temperatura no varió mucho. El canto
de las aves fue el sonido predominante en esos instantes. No tardé en encontrar
con la vista coloridas bromelias que crecían en varios troncos de árboles y en
algunas ramas suspendidas. Mi marcha se hacía más esforzada mientras el sendero
se proyectaba hacia arriba y mi torso y dorso se calentaban por el
ambiente.
“Esto se va a poner emocionante”, dije secándome con la mano el sudor
facial.
Después
la vía semi-natural —ya que aquí intervino tanto la mano del
hombre como el propio medio ambiente—, torcía casi 90 grados hacia la
izquierda, convirtiéndose en un camino más ancho y lleno de unos pequeños
frutos rojos parecidos al cerezo que se habían desprendido de sus ramas. La
tierra era más suave y, consiguientemente, un alivio para los pies. Por los
lados, la arena húmeda y algunas piedras similares a las que hay en los ríos,
daban a este sector de la falda del morro un aspecto a recreo turístico en las
orillas de una corriente de agua. Quizás en el pasado, hace muchos años
atrás, un río bajaba desde una determinada altura de este “monte amazónico” y
regaba los campos a través de los cuales subí.
Más
arriba el amplio sendero se redujo un poco en anchura y dobló a la
derecha. Volví a toparme con un letrero informativo de
senderismo, increíblemente muy conservado. En su superficie, creo que de
acrílico, pintaron una diversidad de íconos, unas especies de símbolos
de las actividades a realizar por esta zona apta para vivir una aventura.
Pasé de largo el cartel y me encontré con un tambo abandonado. A un
comienzo creí que un guardabosque saldría a cobrarme
el ingreso al morro, pero el lugar estaba desierto así como sus
alrededores. A partir de ahí, la ruta se empinó muchísimo y tuve
que a la vez arrastrarme para ascender. Por un rato no hubo más árboles y el
sol me mataba de calor. Antes de alcanzar la sombra vegetativa, trocé una
varilla del suelo y le hice las veces de bastón de trekking. De esta forma
la fuerza de mi brazo ayudaría a que mis piernas resistieran la subida a la
cumbre del morro. El tramo que recorrí hasta llegar a la “protección solar” me
agitó y me dio más sed. Me aguanté a beber.
Para
llegar a la cima de mi destino turístico, debía cambiar de dirección tres o
cuatro veces. El primer nivel era el más largo de recorrer pero el menos
cansado. Cada
metro que avanzaba, la ruta se hacía de mayor dificultad y bastante
agotadora. La sed me conquistó sobremanera, a pesar de que el sol fue
oculto por miles de nubes que aparecieron de la nada. Tomé mi bebida en
mitad del morro hasta dejar casi seca a una de las botellas. Luego filmé el
ahora estrecho camino, mi perfil y la floresta de mi entorno. “Ruego que no
llueva. Si la visibilidad disminuye, no podré grabar ni fotografiar bien el
paisaje”, farfullé. Cuando mi práctica de senderismo se puso realmente
fatigosa, paré cada diez minutos a aspirar con fuerza oxígeno de la naturaleza
y tragar un sorbito de re-hidratante de la otra botella. “Tengo que
racionar mejor desde hoy”, me dije. El viento sopló a mayores nudos y
la vegetación se vio batida hasta inclinarse regular. Pero un tramo más cerca a
la cima, calmó de pronto. Y, “misteriosamente”, el cielo dejó de nublarse más.
“¡Qué loco sigue siendo el clima en la Amazonía!”, exclamé.
La
calle de entrada al pueblo se va directo a la plaza central, hacia el noroeste
del camino al morro. Por lo tanto, no era recomendable que tomara esa
ruta, de modo que me desvié a la derecha a tres cuadras de la plaza,
por un jirón repleto de pasto, y arbustos a los lados. Sabía que había
un sendero el cual te llevaba al morro, pero, como la vez pasada el
mototaxista me dejó muy cerca de éste por otro ingreso al pueblo, me temía no
encontrarlo rápido por la nueva ruta e irme a desembocar en una arteria rural
sin salida. Debía ser prudente antes de elegir por donde avanzar, pues
acuérdense que tenía que acabar el senderismo en tiempo récord. Primero le
pregunté por dónde continuar a una señora que transportaba una bandeja con
paltas en la cabeza, y luego, para cerciorarme de que iba bien, le dije a una
niña que me confirmara si el camino que seguía era el correcto. Ella asintió.
Sin embargo, en un soplo vi que fue innecesaria aquella confirmación. En
frente de mí, un letrero de señalización de trekking indicaba el sendero al
verdeazulado morro de Calzada. Ya había observado estos rótulos cuando
entré por la otra calle a bordo del motocarro; la cuestión era que la
combi paró al principio de un camino que carecía de señales reglamentadas para
las “caminatas turísticas”.
Como cambié de rumbo, en poco me topé con uno
de los indicadores. En ese momento, me apuré en prender la cámara y fotografié
al morro (pinchar la imagen de abajo para ampliar). El cielo se fue
llenando de más nubes delgadas, pero el sol seguía igual de cálido y brillante.
Después filmé mi entorno, centrándome más en mi destino turístico y
algo en mi rostro (un cuadro de espanto). Doy mi palabra que al final
de esta historia pondré un vídeo resumen (con sólo tomas de la naturaleza) en
el que podrán apreciar una “porción” de la selva amazónica. No será muy
extenso, pero creo que el contenido es lo que más cuenta.
A continuación, hice algo que iba en contra de lo
establecido: virarme a un ramal diagonal de la diestra. Me
arriesgué a probar suerte. Tal vez sería un atajo y simplificaría mi tiempo, o
al contrario, también podría ser una trocha que terminaba en la entrada a una
chacra y retrasaría mi marcha. “Ojalá este caminillo se vuelva a cruzar con
el sendero principal al morro, sino…”, hablé entre dientes. La
temperatura no superaba los 32 grados Celsius. Ni un alma andaba por donde
seguía. Sólo el ruido de grillos y el batir del viento en los pastizales de
los costados era lo único que escuché en esos minutos. Cada vez que me
adentraba, el sendero se hacía más espeso y los mosquitos más molestos y
abundantes. “¡Qué burrada he cometido!”, me dije. “Y ahora dónde mier…
acabaré”. Pese a que la vegetación continuaba tupiéndose y los insectos
aumentando, no di media vuelta y avancé sin mirar atrás. Una o dos
veces pisé accidentalmente excremento de equino, y hasta en uno de esos
instantes, sentí caer un líquido caliente sobre mi cabeza (orina de pájaro).
Justo cuando quise proferir una grosería a causa de mi inestabilidad y los
consecutivos encuentros con las deposiciones animales, oí un cacareo al frente
entre la maleza. “Donde hay aves de corral, hay gente quien los cría. Y esa
gente, podría decirme qué rumbo tomar”, musité. Empero, lo que vi más adelante,
fue solo a la gallina, una criolla, y en lo absoluto a un poblador de Calzada.
“¡Put… mad…!”, solté mientras no paraba de caminar.
Pero tras brincar dos canalillos de agua, por primera vez desde que
penetré por el ramal, tuve tranquilidad; pues, de improviso, apareció el camino
principal a mi destino amazónico. Afirmé el puño de alegría y saboreé un
trago de bebida rehidratante, de una de las botellas puestas en los
bolsillos laterales de malla de mi mochila… La práctica de senderismo
seguiría su curso normal.
Al toque descubrí otro letrero con la figura
negra de un hombre en medio de una representativa caminata de aventura: un
dibujo simple como sabrán muchos amantes del ecoturismo y
la naturaleza. Ahora sí el gran morro estaba muy cerca, y
ante mis ojos, un tanto a mi izquierda (clic en la foto superior para
agrandar). Se veía más verde y alto. Vislumbré en la cima que las nubes se
corrían y que el sol iluminaba más la copa de los árboles. Por supuesto
que el viento soplaba con fuerza allá arriba e iba despejando y/o evaporando
toda condensación de agua. Eso, en definitiva, era bueno. Mientras
caminaba, el sendero fue doblándose ligeramente hacia el norte y cada
vez más el morro quedaba directo al quien escribe. A cada cien o
doscientos pasos, me detenía para sacarle unas fotos a la elevación de tierra.
Por el lado del camino opuesto al morro, crecían medianos árboles, plantas de
regular tamaño y algunas enredaderas que impedían ver a mayor distancia. En
cambio, por el que se tenía la vista al “monte”, primero había sembríos jóvenes
de maíz, luego pasto corto y arbustos desperdigados o alejados (pinche
la imagen inferior y vela en High Resolution), y cuando ya me encontraba
próximo a la falda, la vegetación crecía más junta y frondosa. Y, a 200
metros, más o menos, de la mitad del camino distinguí una pequeña laguna.
Tanto a la diestra como a la siniestra, continuos cercos de alambre amarrado en
troncos y ramas circulaban los fundos de extremo a extremo. En el suelo
del sendero no casi hubo humedad y sólo me crucé con tres seres humanos en
aquellos tramos de semi-ascenso: un viejo arreando a su caballo (al cual
saludé) y una mujer de campo con su criatura detrás, ambos cargando frutas en
sus respectivos sacos (y a los que también fui gentil saludándoles). El
muchachillo, apenas abrió la boca. “Buenas”, llegué a oírlo… Después de pasar a
la madre y a su hijo, el astro rey bajó su fuerza; esto se debía a que
las masas gaseosas que no se disiparon, ascendieron más a lo alto y velaron la
luz de la “esfera candente” de nuestro sistema planetario. Ya se estarán
dando cuenta que las variaciones atmosféricas en la región Selva del
Perú, como en otros lugares de la Amazonía, a veces suelen
ser impredecibles.
Dentro de escaso tiempo estaría haciendo senderismo.
Llegué a Moyobamba en poco más de dos horas. Moyobamba, también
conocida Ciudad de las Orquídeas (por su abundancia de este tipo de
plantas), es la capital del departamento de San Martín, situada a
aproximadamente 860 m.s.n.m. y a unos 96 m.s.n. del río Mayo, uno de los
mejores tributarios del río Huallaga y cuya longitud es alrededor de 170
kilómetros. “Moyo”, como suelen llamarle a la ciudad, pese a
ser de menor tamaño y población que Tarapoto, es reconocida
como capital de la región, cosa que debería volver a ser
discutida. Al decir esto, no crean que esté siendo antipático con el
pueblo en cuestión. Para nada. Sino que estoy dando mi punto de vista sobre
que la ciudad de una determinada zona en la cual haya más movimiento y
comercio, debería ser declarada como principal. De este modo, es (y fue) el
eje central que colabora no sólo al avance de sí misma, sino que además con la
red de urbes y poblaciones que se extienden a lo largo y ancho de un
territorio en específico. Bueno… ésa es mi perspectiva. Cada uno tiene la suya.
Así, que si herí la susceptibilidad de algún moyobambino, le manifiesto que no
escondo malas intenciones. Nunca olviden que a todos mis lectores y
visitantes les abro las puertas a la amistad. Recuerden: A
TODOS…
Continuando con mi narración, al arribar a
Moyobamba restaba aún mucho para las 10 de la mañana. Comuniqué al
conductor de la combi que bajaría en la entrada a la ciudad,
precisamente en el óvalo de la carretera Belaúnde. Desde ese sitio, como de
cualquier parte cercana, se podía avistar al majestuoso morro de Calzada.
El cielo se hallaba parcialmente nublado, que incluso unas
delgadísimas y casi incoloras nubes rondaban el pico de mi destino turístico,
mi meta de ese día. El óvalo donde estuve de pie unos
momentos, tiene estilo: en el contorno hay una vereda y asientos para los
peatones, en medio sembraron pasto, y en el centro de dicha área verde, encima
de una columna, levantaron unas orquídeas artificiales gigantes de la
especie Cattleya rex. Impresionante. No en vano Moyobamba y el
Altomayo tienen fama de albergar
la mayor variedad de orquídeas en el mundo, hermosas cuando florecen.
Luego de observar mi derredor, empecé
a caminar hacia el morro de Calzada por un lado de la carretera. De
donde estaba hasta el distrito de Calzada, yendo por la vía
asfaltada, eran unos diez kilómetros más o menos; si me iba de pie —o línea
11, como dicen en mi región—, demoraría entre 1.5 y 2 horas. Sin
embargo, la práctica de senderismo aún no había comenzado, pues tenía
en mente solicitar un “jale” o “tirar dedo” de rato en rato, aunque en estas
cosas no era tan suertudo. Lo comprobaría rápido. Apenas caminé unos 5
minutos, otra combi de servicio salía de Moyobamba. Desde lejos,
hice una señal al conductor. Una vez estuve cerca a la ventanilla, pregunté:
“¿A dónde se dirige, señor?”. “A Rioja”, contestó.
“¿Puede colaborar conmigo haciéndome un viaje gratis hasta Calzada?,
por favor. Es que estoy medio corto en presupuesto”, le supliqué. “Son 2
soles”, dijo secamente el joven que hacía las veces de chofer. “Nadie más
te llevará por menos, y, si esperas que te transporten sin paga alguna, estarás
aquí como hasta las 12”, concluyó. Me quedé pensativo durante unos segundos.
“¿Subes o te quedas?”, fue tajante. Sin otra solución inmediata, acepté
entregarle el dinero y que me llevase en el vehículo. Dentro de la
unidad móvil, el ambiente era similar al que permanecí en mi recorrido de
Tarapoto a la Ciudad de las Orquídeas, Moyobamba. Era necesario que ganara
tiempo, puesto que no sabía cuánto duraría el senderismo en el morro,
tanto de ascenso como de descenso.
Antes de que transcurrieran 10 minutos, la
combi me dejó en el mencionado distrito, cuya entrada y calle principal partía
de un costado de la Belaúnde. Desde el momento que pisé tierra,
inicié mi actividad de senderismo… Y de aquí continuaré, no sin antes aclarar
ciertos detalles. Los caminos, senderos, trochas y ramales que anduve
las siguientes horas, no se encuentran al ciento por ciento señalizados y
todavía falta explotarlos para el mayor movimiento del turismo y el ecoturismo,
de esta forma el extranjero así conozca nuevos pueblos y paisajes de la
Amazonía del Perú, en busca de aventuras y un mejor contacto con la naturaleza.
Sólo un puñado de agencias de turismo se encarga de organizar algo de trekking
por territorio sanmartinense, y una escalada al morro de Calzada, a veces, es
parte del programa. Particularmente, en vez de trekking (como ponen en sus
paquetes turísticos tales empresas), lo llamo senderismo, ya que el primero
dura más que el segundo y se camina o trota por geografías menos exploradas…
En fin, eso es todo en lo que quise ser concreto con respecto al turismo
de aventura por estas latitudes de la selva peruana. Quizá más
adelante —en la narración de esta salida a la naturaleza— siga
comentándoles sobre lo que envuelve las demás actividades ecoturísticas
en San Martín.
Calzada
es un pueblo que se halla casi a la misma altura de Moyobamba. La superficie
del distrito es de unos 95,383 ha aproximadamente, con un área urbana de 65.50
ha. Según he podido leer en una página web, a Calzada le hace falta
una adecuada infraestructura para un “buen turismo receptivo”, por lo que
“constituye uno de los grandes problemas que existen para el impulso y el
desarrollo socio-económico”, no solamente de la región San Martín, sino de la
nación. De eso ya estoy bastante consciente. Unos lugares naturales
tan atractivos en el valle del Altomayo no deberían pasar desapercibidos para
el foráneo amante de la aventura y las grandes emociones. En mi
blog, poco a poco, redactaré e ilustraré más sitios turísticos con el objetivo
de difundir la belleza de mi tierra a cada país del mundo. Incluso, me basaré
en mostrar el esplendor y lo interesante de otras partes fuera de límites
peruanos. Reitero que siempre estaré dispuesto a sacarles de cualquier duda
y de guiarles en lo que esté a mi alcance. Así que además no pueden perderse lo
que seguiré contándoles sobre mi ascenso al morro de Calzada.
A
medida que me dirigía hacia el paradero de combis (vehículos
de uso comercial para el transporte de mercancías o de 15
pasajeros aproximadamente), las nubes se fueron evaporando con el calor de
los rayos del Sol, hasta que éste se hizo notar claramente. Era ya casi
seguro que en Tarapoto no llovería, pero en Moyobamba y Calzada las
condiciones climáticas podrían ser diferentes, puesto que a comparación de mi
pueblo natal, se localizaban a más de 800 m.s.n.m., y no en torno a los
300. Y digo “en torno” porque Tarapoto está asentado sobre un área
inclinada. Para ir a la mencionada terminal terrestre, debía de bajar
bordeando el barrio Huayco por la zona noroeste. Así lo
hice a paso firme hasta cuadra y media antes de llegar a la parte
trasera del paradero, por una solitaria calle, a excepción de un anciano
que dormitaba en una esquina. Mis tíos viven del otro lado, es decir, en la
calle paralela a la que me hallé, y no quería que me vieran tomando una combi
que hacía ruta a un lugar que no le dije a mi madre. Mi tía, en especial, sale
a esas horas para encaminarse a mi casa y ayudar en la venta de comidas. Si me
veía ingresar por la entrada principal, estaba perdido. Se suponía que
iba a trabajar al sur, y no al norte a hacer senderismo. “Es un sitio
perfecto para cambiarme de ropa”, murmuré mientras me detenía en mitad de la
calle sin asfaltar. A mi derecha, había un domicilio con paredes
elevadas en la puerta. Allí, siempre con la mirada atenta a mi
entorno, me mudé de ropa en un santiamén. Pero algo iba mal: una
espina me picaba en la nalga. Sí, lectores y visitantes: en la nalga. ¡Y no
se burlen…! De manera que no tuve más remedio que bajarme los pantalones
y retirar la molestia que había traspasado la tela, quizás cuando me
senté en el pasto días atrás. Justo en ese instante, se abrió la puerta
de la casa y salió una joven tal vez un poco menor que yo. Lo que escuché
de inmediato fue un grito mezcla de susto y vergüenza, seguido por una
risita divertida. Supongo que con la cara tan roja como un tomate, la
mochila al hombro y el pantalón a medio abrochar, emprendí una veloz
carrera hacia el paradero. Detrás, frases como “qué lindo trasero” o
“por qué tanta prisa”, me sonrojaban aún más, deseando nunca volver a ver a la
chica o que perdiese la memoria. Felizmente, hasta la fecha no me
encontré con ella. Debe pensar que soy un depravado.
Con
la frente perlada de fluido salado (sudor), más por la vergüenza que por la
huida, llegué a la terminal. Antes de entrar a través de los
portones posteriores, abiertos de par en par, volteé la vista por unos
segundos. Aparte de la muchacha, un niño y un señor me veían de lo
lejos. Espero que no hayan distinguido mi rostro. Al sitio donde
entré a abordar la combi se llama ‘Empresade Transportes y Servicios Turísticos Selva SA’, y se ubica en el
Jr. Alfonso Ugarte cuadra 11. Allí encontrarás una flota de
vehículos que realizan rutas a determinados pueblos y ciudades del departamento
de San Martín y poblados aledaños al norte. El costo del pasaje de
Tarapoto a Moyobamba es de sólo 10 nuevos soles, o sea, alrededor de
2.5 euros o 3.5 dólares. Un sencillo para cualquier extranjero
de Europa o Norteamérica. Lo barato que
cuesta trasladarse algo más de 100 kilómetros en ciertas regiones de Perú,
esto depende mucho del estado de las carreteras y del tipo de movilidad a la
que te subes. En este caso, según mi clasificación, las combis están
dentro de la penúltima categoría; en la de última están comprendidas las
“camionetas chatarras” que transportan a la gente como si de ganado se
tratase, tan apretujada e incómoda que algunos se van casi colgados de las
barandas, incluyendo mujeres y niños. Las “categorías de primera” o las
más caras, las irán conociendo en futuros posts relacionados al turismo en mi
país. Y antes de seguir con el relato de mi inminente actividad de
senderismo al morro de Calzada, les digo una cosa: Viajar como
reyes no tiene nada de emocionante, y no hay aventura sin peligro.
Una
vez en el interior de la combi, me coloqué al final de la fila de
asientos, al lado izquierdo. El chofer arrancó el vehículo luego de
que todos los pasajeros pagamos la cuota y nos “acomodásemos” en apretados
espacios: bebés en las faldas de sus madres, campesinos con las alforjas en
el regazo, estudiantes y viajeros (como yo) con las mochilas sobre los muslos,
y hasta algunas gallinas (que no cupieron en el corralito sujeto al techo)
yacían en el suelo con las patas atadas. Saqué mi celular, un bolígrafo y un
papel del bolsillo chico de mi mochila, y tomé nota de lo sucedido
hasta ese entonces. El móvil me era útil para verificar la hora. Me afligía
que el adolescente sentado a un costado observase lo que hacía, por lo que
cubrí con una mano las palabras que iba escribiendo. Me fastidia
bastante cuando interrumpen mientras escribo.
La
combi se puso en movimiento exactamente a las 7:25 a.m. Subió hasta el jirón
Orellana y salió de frente a la carretera Fernando Belaúnde
Terry- Norte, por el puente del río Cumbaza, en el distrito
de Morales. A tres kilómetros nos paramos en una estación gasolinera a la
diestra de la vía, y esperamos unos minutos hasta que llenaran el tanque del
vehículo. A ese rato, el sol comenzó a calentar la mañana con
mayor ahínco, dado que las nubes se apartaron o esfumaron por los
cerros del horizonte. El medio de transporte recorría la Belaúnde a
un promedio de 55 km/h; y a pesar de que entraba aire por las ventanas, el
bochorno invadía a cada pasajero. No tardó en llegar a mis narices fétidos
olores corporales. “¿Que aquí nadie usa desodorante?”, pensé. Es por eso que
abrí todavía más la ventana de vidrio para sacar un poco el rostro y apaciguar
el hedor reinante. Para mi alivio, algunas personas fueron descendiendo
de la combi en sus respectivos pueblos, localizados a mitad del camino.
Así, la temperatura se hizo menos asfixiante y había más espacio para estirar
las piernas. Durante el viaje de esa mañana, habrán salido como
una docena de pasajeros e ingresado 2 o 3.
El
15 de Noviembre de 2008 tuve algo planeado en mi lista de destinos turísticos
por conocer, y
nada ni nadie me lo impedirían, ni siquiera los trabajos pendientes de la
universidad y tampoco las quejas de mi madre por no ayudarle en las compras o
la resaca de los desmanes de copas de la tarde anterior. Me propuse
—seriamente— cumplir mi objetivo del día: Llegar a la cima del morro de
Calzada, ubicado a un promedio de 8 kilómetros en línea recta de Moyobamba
(capital de la región San Martín), en el distrito del mismo nombre. ¿Y con
quiénes? Pues, sólo con mi propia sombra. Ningún mortal más sabía
de mi propósito. Estaba muy decidido esa vez a realizar el
senderismo, porque hace como un mes atrás visité la ciudad de
Moyobamba y, con la meta de romper el itinerario de esa fecha, resolví
de, al menos, acercarme a la cumbre del “pequeño” monte. Aunque a
un comienzo iba bien, luego no fue tan sencillo como lo pensé. Al
inicio de mi travesía, tuve la ventaja de que el chofer de un motocarro me
diera un aventón desde la carretera y me ahorrara algo de una hora. Pero
aún así, el tiempo permaneció en mi contra. Mientras me aproximaba a la
elevación de terreno, estimé que no me alcanzaría el tiempo para estar puntual
en mi centro superior de estudios, ya que a las 9:00 p.m. tenía que rendir
un complicado y decisivo examen. De forma que di media vuelta,
apenas llegué a la falda del morro.
Pero ese
sábado 15 lo tenía todo programado y listo. Haciendo un esfuerzo
suicida, me levanté a las 5:00 a.m., con la mentira de que me
solicitaron para un trabajo de fin de semana en un pueblo cercano. Era muy
raro que me vieran u oyeran fuera de la cama tan temprano (sin contar las veces
que regresaba de las fiestas o salidas en grupo). Debía de tener una
excusa de mi madrugada. “Me van a pagar regular”, le dije a mi madre, que
desde las 3:00 a.m. está en actividad cocinando las viandas para su clientela.
“(…) Pero terminas rápido. Necesito que me hagas unos favores. ¡No te
olvides!”, me advirtió tras haber tomado desayuno (creo que pan con queso y té
de anís). “Tranquila, jefa. Tendré más plata para mis gastos
en la U”, me despedí, colgándome la mochila a los hombros y
abriendo la puerta de casa.
Eran
entre las 6:30 y 7:00 de la mañana cuando me retiré. Más de hora y media me había
ocupado en colaborar en algo con la señora de la casa, prepararme y,
evidentemente, comer. El sol ya hace rato que había salido, pero
muchas nubes, que las corrientes de aire las movían de forma desordenada, le
tapaban por momentos, haciendo que nuestro astro rey se viera como una
caprichosa mota luminosa de color ámbar. Me recordaba bastante a los semáforos
en días de lluvia y neblina. Calculo que la temperatura no excedía de
los 27 grados Celsius. Digan lo que digan, en Tarapoto siempre el
clima es cálido; o desde que tengo uso de razón. Como la gente en
mi tierra natal está acostumbrada a sentir calor, cualquier descenso de la
temperatura hasta ser inferior a los 25 grados y superior a los 15, ya unos
cuantos, incluso, tiemblan de frío y mudan ropas abrigadas. Ése, no es mi
caso. Nací calenturiento... En Noviembre, el clima tiende a variar como
en la mayoría de los meses. Dudaba si aquel día habría aguaceros o si el
sol alumbraría tan fuerte hasta quemarme la piel. Además, mi destino
turístico se encontraba a más de 100 kilómetros de mi hogar, y eso hacía más
difícil de pronosticar (adivinar) el tiempo. Y no es por rajar (criticar),
aparte, el servicio meteorológico en mi región se ha ganado la fama de
impreciso. Al fin y al cabo, vivo en una zona tropical.
Llevaba
puesta ropa con la que habituaba salir a la calle (polo, jeans y zapatillas), y
no para darme un día de campo. En alguna callejuela de la ciudad por
donde pasaran pocas personas, me pondría la indumentaria adecuada que metí en
forma de ovillo dentro de mi mochila. Como dije, lo tenía “todo” planeado
para la práctica de senderismo. El día 14 conseguí lo
necesario para mi subida al imponente morro de Calzada: dos botellas con
líquido rehidratante, un pequeño estuche impermeable para guardar el dinero,
una cámara fotográfica de 6.0 Megapixels que también filmaba, lapicero y
cuaderno, entre otras cosas menores. Siempre fui precavido a la hora de
meter la ropa en mi mochila cuando disponía alejarme de casa. Pues, para
prevenirme que no se mojara con la lluvia, con agua de cualquier otro
origen o con el propio sudor de mi torso y espalda, primero la introducía bien dobladas
dentro de bolsas de plástico.
Como
en la Caminata
a la Primera Cascada del Río Shilcayo, la cámara (digital también) no me
pertenecía. Era la de un amigo que me la prestó sin ruegos, pero advirtiéndome
que la cuidara como a un hijo y que se la devolviera máximo a las seis de la
tarde porque la necesitaría con urgencia. Le engañé que la quería para fotografiar las
aulas de cómputo de unos colegios, ya que si posiblemente le decía que
la llevaría fuera de la ciudad por la carretera y haciendo senderismo por los
escarpados terrenos del morro de Calzada, lo pensaría dos veces antes de
entregármela. Nadie está libre de un asalto o un resbalón en una de
sus aventuras de ecoturismo. Ni el más ducho de los viajeros o
caminantes. Todos hemos tenido nuestros momentos de torpeza por más
experiencia se tenga en algo, (deporte, oficio o carrera). Y eso me recuerda a
un vídeo que vi días atrás, en el cual un futbolista falla tres goles rebotando
tres veces el balón en el poste. “¡Qué bruto ese tío…!”, fue lo que pensé, y
otros juramentos más que no puedo —o no debo— expresar en mi blog. Cuido la
lengua… mejor dicho, cuido los dedos.