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01 mayo 2012

Publicado mayo 01, 2012 por con 0 comentarios

Artesanías en Lamas, Perú (Turismo Cultural)- Parte VI (Final)

Las artesanías en el pueblo de Lamas (tallado, esculpido, cerámicas, pintura, disecado, tejidos, etc.) son el legado de una cultura que ha sabido mantenerse casi tal y como se concibió en tiempos remotos. La primera imagen de este post, al igual que la quinta del anterior, prueba la gran práctica que tienen los lamistos en la talla en madera. La figura de la araña es de una especie bastante común en los bosques de la región San Martín, caracterizada por ser de tórax y abdomen abultado con patas largas y delgadas, alcanzando, a veces, el tamaño de una manzana pequeña. Yo mismo, durante mis caminatas por los cerros y lomas de esta parte del Perú, vi a muchas de estas arañas mimetizadas con la hojarasca de los lados del sendero o vagando en terrenos arenosos, por los cuales también desfilaban hormigas de un extremo a otro de la trocha. Por su color pardo o cobrizo claro, estos artrópodos pueden pasar desapercibidos cuando se encuentran quietos en el suelo; pues la tierra de Lamas y sus alrededores es reconocida por su composición arcillosa, factor determinante que permite la extracción del material en bruto para la construcción de las casas y la elaboración de las cerámicas.
Si bien aquel día no pude descubrir cuál es el proceso de creación (de principio a fin) de un recipiente de barro, empero sí, llegué a ser testigo del proceso completo de otros de los artes sobresalientes dentro de la cultura lamista, que incluso osaría decir, mucho más desarrollado o perfeccionado que la cerámica. Amigos lectores, no estoy hablando de otra cosa que la del hilado y el tejido, consecutivamente. Las indígenas más ancianas son expertas en ambos, y puesto que desde su tierna niñez han ido aprendiendo y afinando estas labores, ahora ya no hay quien las iguale.
El artefacto de madera que se muestra en la segunda imagen es la tradicional máquina para hilar, utilizada por las artesanas en su quehacer diario. Verán que se trata de un ingenioso mecanismo, que no requiere de complicarse tanto para poder funcionarlo; simplemente con la acción de repetidas pisadas sobre la palanca de la parte inferior, las dos ruedas darán vueltas sin parar, la del centro empezará a activarse por los giros de un eje, que a su vez es movido por un brazo articulado (o tipo de biela) unido al pedal, y en seguida, la rueda superior hará lo mismo cuando el hilo conectado entre una y otra (de forma que crean una clase de polea) dé vueltas por el canal de la rueda inferior, similar a un carrete. En sí, se toma el mismo principio que se pensó para conectar con una cadena el piñón y la catalina de una bicicleta; es decir, el hilo, que a un comienzo fue algodón cosechado de los huertos o chacras del propio Huayco, vendría a ser como la cadena. Poco a poco, mientras más se giran las ruedas de la máquina, el algodón (ya con todas las semillas quitadas) se irá transformando en un delgado y resistente filamento, que finalmente, pasará a llamarse hilo. Éste se extenderá y desprenderá de la rueda superior, y se debe ser muy hábil con las manos para obtener uno que no es fácil de romper.
Cuando las lamistas ya creen que obtuvieron el suficiente hilo, si es que aún no lo usarán para tejer, lo van enredando en una varilla de metal o de madera. La mayoría de este hilo es antes teñido con colores vistosos, más cálidos que fríos. Recordarles que los tintes son fabricados con materiales que los indios adquieren de la propia naturaleza… Al momento que las nativas deciden empezar a tejer, éstas van en busca del hilo necesario para su trabajo. Lo desenredan. Unen unas cuantas tiras y las entrecruzan por cuatro clavos enterrados en posiciones estratégicas. Para que puedan entender mejor las últimas líneas narradas y las que seguirán, tendrán que ver el vídeo dispuesto al final de esta serie de posts, por tanto como se suele decir, por los ojos entra mejor la lección que por la palabra. Ahí muestro escenas de la anciana hilandera haciendo lo suyo, partiendo desde cero hasta invitar a su público a practicar su arte.
Y en efecto, varios estudiantes, alumnos de mi prima Ana Luisa, se animaron a tejer bajo las indicaciones de la “mamacha”. Mi pariente los incentivó, convirtiéndose en la primera voluntaria en coger los hilos. Según mi opinión, todos lo hicieron a su manera, unos con más destreza que otros. Mientras lo hacían, no le di tregua a la batería de la cámara fotográfica, que la usaba además para filmar. Fui imitado por muchos jóvenes espectadores, e incluso algunos se valían de sus celulares o iPhones. Aprovechando que Ana y la guía turística tenían la atención de todo el mundo, aconsejaron duramente a los muchachos prestar mayor interés en la “clase de campo” que se está desarrollando en el barrio Huayco de Lamas; así que el jalón de orejas iba en especial para las parejitas de enamorados, los ludópatas de juegos móviles y los somnolientos. Con aquellas llamadas de atención y la participación de media docena de jóvenes en el tejido, la clase llegó a su fin.
Antes de retirarnos de la tienda de artesanías, tomé algunas fotos más de los objetos que se ofrecían a los visitantes y/o turistas. Para mi mala estrella, casi ninguna me salió nítida. De la desastrosa galería pude rescatar la foto de la cerbatana que puse en esta entrada. Conocida más como pukuna en la cultura lamista, la cerbatana es un arma blanca compuesta de un canuto (parte de una caña comprendida entre dos nudos) en el que se introducen distintas clases de dardos, flechas pequeñas y demás proyectiles punzantes que son disparados soplando a todo pulmón desde una de las puntas. Su denominación, pukuna, es originario de la palabra quechua pukuy o soplo. De ahí que “El Pukunero”, el nombre del local artesanal, significa algo como “El Soplador”. Eso me lo dijo el mismo propietario de la tienda, que aparte me tradujo la frase del letrero sobre la puerta de ingreso. Sin embargo, lastimosamente extravié mis notas, y tuve que acudir a otro quechuahablante. Fue un ex-compañero de la universidad, Aquilino Chujandama, el responsable de traducirme el rotulado. En español, allí dice: “Ven aquí, yo te enseñaré todo lo que haya o lo que sepa”.
Y así, alrededor del mediodía, el quien escribe y cada uno de los que me acompañaron en la tienda de artesanías más concurrida del barrio Huayco de Lamas, nos retiramos a nuestros respectivos destinos. Regresé junto con mi prima a Tarapoto… ¡Recuerden ver el vídeo, hasta otro paseo o aventura!

FIN
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03 abril 2012

Publicado abril 03, 2012 por con 0 comentarios

Artesanías en Lamas, Perú (Turismo Cultural)- Parte V


Por ahora, evitaré excusas sobre mi retraso... El interior de la tienda de artesanías “El Pukunero” estaba casi lleno de gente. Jóvenes universitarios, con edades que bordeaban entre los 17 y 27 años, yacían sentados en bancos, a la escucha (algunos más que otros) de las pausadas explicaciones de un señor indígena, el cual a su vez traducía las frases de una anciana tejedora, nada menos que una de las lamistas más conocidas del barrio Huayco. Mi prima Ana Luisa también atendía a aquel hombre. En tanto yo, tras haber efectuado sendos gestos de saludo al intérprete, a la tejedora y a otra viejita igual de vestida que la primera (con el típico traje mostrado en la Parte I de esta serie de posts), no paraba de fotografiar las labores artesanales de la cultura de ese fabuloso pueblo amazónico muy cercano a mi tierra natal, que estoy seguro —repito— que a muchos turistas les encantaría visitar, en especial a los interesados por lo étnico, tradicional, raro, e inclusive, extravagante. Un claro ejemplo pueden verlo en la imagen que encabeza esta entrada: la foto de una máscara con una cara de lo más anormal, y que quizás a varios les recuerde al personaje “Sloth” de la película “Los Goonies”.
Volviendo con la labor de la tejedora, ésta, primeramente, se apresuró en desenredar una mata de hilo para enrollarlo en una varilla de fierro, el necesario para enseñar a los jóvenes cómo tejen las artesanas lamistas. A ella, en particular, la llaman “Mamacha”, y como dicen en la selva peruana “es más conocida que la ruda”, o sea que, como mencioné en el anterior párrafo, es muy popular.
A un principio no me había percatado que alguien más, recientemente conocida por el quien escribe, estaba en el interior del recinto. Se trataba de la señorita que me presentó Ana en la Plaza de Armas. Ella era egresada de la carrera de Turismo y Hotelería, y por lo que supe, su especialidad era la cultura de Lamas. Hasta que la escuché hablar, no me había fijado mucho que la joven se hallaba fuera del grupo de universitarios, pero eso no significaba que era ajena al mismo, más bien, tal y como acoté al inicio de esta narración, hacía las veces de guía de turismo. Así que estos estudiantes si se quejaban ante sus padres por tener una educación de este tipo, mejor sería que los mandaran a buscar empleo por malagradecidos. Pero lo más desvergonzado que aprecié en ciertos jóvenes fue su falta de interés durante la clase al aire libre. Incluso vi a parejitas besándose de rato en rato. Mi prima pronto les llamaría la atención.
…Hay algo que quiero dejar en claro antes de proseguir con mi relato para que luego no se me vaya a malinterpretar. Para aquellos que han ido leyendo las anteriores partes de Artesanías en Lamas, quizá les suene muy redundante tratar el tema de a continuación, pero por razones de un comentario que recibí unos días atrás, y al cual lo rechacé por contener términos soeces, he visto obligado pronunciarme al respecto: Los indios lamistos son cazadores por necesidad y no por placer o deporte, eso ténganlo bien grabado, estimados lectores y visitantes de este blog. No se confundan al mirar las pieles de animales muertos en fotografías de posts pasados. Les puedo asegurar que la brutalidad contra la fauna amazónica es totalmente impropia a la concepción de estos indígenas. Si alguna vez llegan a ver a un mamífero o un ave disecada en el pueblo de Lamas, sepan ya de anticipado que los dueños de las mismas no han sido cazados con el único fin de ser expuestos o vendidos como artesanías. Por ejemplo, un sajino es atrapado con el principal propósito de alimentarse de su carne, o de saciar el apetito de muchas familias lamistas; posteriormente, recién, se usa el pelaje para tenerlo o venderlo como adorno o decorativo. Las aves, así como al loro disecado que ven en la Parte IV, son también cazadas para comérselas; después, está al gusto o destreza de los indios pasar a la taxidermia. Calificar de malsanas tales acciones no sería justo para los habitantes de la Vieja Lamas. A los que sí debemos repudiar son a los magnates que van de safari a la sabana africana a disparar a cuanto animal se les plazca, sólo por nombrar uno de los caminos hacia la barbarie.
Luego de expresarme en el anterior párrafo, vuelvo con el relato de mi visita al barrio Huayco de Lamas: Aquel domingo de Diciembre fue la primera vez que recorría con una cámara digital el pueblo nativo, pues siempre lo había hecho con una mecánica, las antiguas que funcionaban con rollos de película, o, en ocasiones, lo hacía sin ningún trasto “captador de recuerdos”. Ahora podía fotografiar todo lo que se me antojara, y darme un tiempo de publicar dicho trabajo en Internet, el mismo que están viendo a medida que leen estas entradas. Los indios son capaces de tallar cualquier forma de animal amazónico sobre la madera. Los tres arácnidos que observan en la quinta foto demuestran lo hábiles que son con el cincel; y si pueden distinguir, en la pintura son a la par de talentosos. Y no se olviden que en la confección de sus propias prendas de vestir son tan buenos que las acaban en pocos días, obviamente sin el uso de artefactos electrónicos. Las correas de tela, llamadas pretinas de forma popular, tienen diseños geométricos que tranquilamente un turista de lejos llegaría a equivocarse, pensando que son concebidas con una máquina de coser. Todo tejido es elaborado por las propias manos de las indígenas lamistas, utilizando ciertas herramientas, muy simples éstas, como ayuda… Aprovechen la Semana Santa para visitar el pueblo, les aseguro que se distraerán más de lo que creen.
Los artistas talladores, aparte de esculpir formas de animales sudamericanos, las hacen también de africanos, como la del león recostado de la última imagen. Y muy a un lado de moldear animales en madera, algunos nativos son diestros creando figuras de criaturas mitológicas o de las que se hablan en los mitos y leyendas. Uno de ellos es el Shapshico, labor artesanal que aprecian al pie de estas líneas. Existe una diversidad de seres espirituales en la selva del Perú, dóciles y siniestros, y el Shapshico resulta ser la especie que representa a los diablillos silvestres, es de estatura baja, cuerpo atlético, de tonalidad arcillosa o rojiza, con un par de cuernos pequeños y una cola caprina, características afines a las del fauno. Se dice que el Shapshico es un ser que vive en la impenetrable jungla amazónica, oculto con la fauna; se revela en el plano físico para cometer sus maldades, sin diferenciar a sus víctimas, produciendo convulsiones, náuseas y desplomes, sólo con aparecer, con el propósito de poder despojar, ultrajar y hasta asesinar a animales o seres humanos, que moran en alejados poblados o villas en lo profundo de la selva. Se cuenta que durante la conquista española constituyó un fatal peligro para los primeros colonos, no obstante, este demonio es vulnerable en el plano físico, por lo que ha sido el blanco de infernales cacerías, y en la actualidad casi ya se extinguió.


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18 enero 2012

Publicado enero 18, 2012 por con 0 comentarios

Artesanías en Lamas, Perú (Turismo Cultural)- Parte IV


Nota: El año se ha acabado y empezamos otro. Y aunque sea un poco tarde en decirles: ¡Feliz Año Nuevo 2012 a Todos!... Lástima que aún no termino con la redacción de las artesanías en el barrio Huayco de Lamas y fue complicado darme otra escapada a fines del 2011. ¡Sorry! ¡Sorry! Creo que todo lo antedicho no tiene perdón.

A través de un palo de caña brava, de unos ganchos de cortina, colgaban decenas de pulseras hechas de semillas de variados colores y tamaños. Entre éstas era infaltable el huayruro y la Shica shica, una planta que pertenece al género Aiphanes y las especies deltoidea, caryotifolia y spicata. Shica shica es uno de los muchos nombres comunes en la selva del Perú, así como el Dale dale (un fruto), mela mela (muy espeso), chuya chuya (muy limpio), ñucñu ñucñu (muy dulce), etc. Es un coquito al que se tiene que golpear con una piedra para partir su dura cáscara y poder quitar su núcleo comestible. Todas las “bolitas negras” que ven en algunas pulseras son las populares Shica shica. En Tarapoto y demás ciudades del Oriente peruano, estas artesanías son bastante usadas en las muñecas, e incluso pantorrillas, de un sinnúmero de jóvenes y adolescentes. Personalmente, conozco como cuatro o cinco que andan con estas pulseras. Uno de ellos, mi primo Marvin de 21 años, que también, se encarga de hacer estas chucherías para venderlas a sus compañeros de la universidad.
Dentro de la tienda artesanal vi y fotografié otros trabajos que interesan a muchos turistas que llegan a Lamas. Vienen a ser los platos decorativos que muestro en la segunda imagen. Sobre el centro de una placa redonda de madera pintada y barnizada, valiéndose de las plumas de algunas aves bañadas en tintes de distintos colores, ilustraron unos loros, vegetación y una chocita. Una labor artística muy sencilla e ingeniosa a la vez, que podría embellecer las paredes de tu sala de estar. A espaldas de estos adornos, van a poder distinguir pequeñas y baratas tinajas y veleros en forma de chocita… En el interior del local de artesanías no faltaban las canastas y cestos de mimbre o fibra vegetal, unos tejidos que se han hecho desde épocas ancestrales en todas partes del mundo, ya que las plantas de las que confeccionan las lonjas crecen en varios lugares tanto del Viejo como del Nuevo Continente. Sólo recuerden la historia bíblica del bebé Moisés cuando descendió por las aguas del río Nilo.
Los precios de las artesanías en la tienda que me hallaba en esos momentos eran bajísimos si tomamos en cuenta los bolsillos de los turistas extranjeros. Una de las canastas que ven en la tercera fotografía cuesta apenas 15 nuevos soles, que aproximadamente equivale a 5.50 dólares estadounidenses o 4.20 euros, al cambio de moneda actual. Barato, ¿no…? Y aparte de canastas y cestas, vendían mochilas y bolsos tejidos. Son de algodón teñido y hechos a mano por lamistas especializadas. El bolso que aprecian suspendido de uno de los listones del techo del local es una meticulosa tarea que implica días enteros de trabajo, que se inicia desde el proceso de transformar al algodón en hilo hasta el cosido de las tiras que harán las veces de correas para sujetarlas en los hombros o cintura. Como también pueden notar, la capacidad de almacenamiento del morral no tiene que envidiar a muchas mochilas de marca, que además de ser resistente a cosas pesadas, es un tanto elástico.
En el extremo de un estante me topé con siete botellas llenas de miel de abeja. Este dulce y viscoso fluido es extraído de los panales salvajes por los mismos lamistos indígenas, y sabe mucho mejor que los productos en frascos vendidos en los supermercados, ya que éste es natural al 100 por ciento. Muchas veces la miel que es comercializada en el departamento de San Martín del Perú es cosechada por apicultores propietarios de amplias granjas. Es muy rara la adición de químicos, factor que hace a la miel más saludable, rica en minerales y vitaminas, un manjar para disfrutarla en el desayuno untada en el pan o usarla como ingrediente para un postre en la tarde. La miel embotellada que observan en este post fue sacada directamente de panales construidos en árboles que crecen por los alrededores del barrio Huayco de Lamas, así que si la pruebas, experimentarás cómo se banquetean los osos de Norteamérica, pero sin sentir las picaduras de los furiosos Véspidos, claro está… Sin embargo, la miel no sólo sirve para saciar el apetito y nutrir el cuerpo; también es buena contra el resfrío, la tos y el dolor de garganta, incluso es un excelente cicatrizante y conservante. De manera que, gente de afuera, cuando visiten la Amazonía peruana provéanse de la deliciosa miel.
Eché un vistazo a la hora y decidí que ya, de verdad, era momento de ubicar a mi prima Ana Luisa. Tomé una última foto de las artesanías del local (de las mariposas) y, agradeciendo a la atendedora por sus continuas explicaciones, unas veces desde su sitio u otras de pie, me quité a solearme un rato en busca de mi pariente, dejando detrás a ningún turista o visitante. Me dirigí por el lado derecho, o sea, hacia el sureste. Algo me decía que Ana y sus alumnos de la universidad se hallaban por allí. Rápidamente supe que acerté, apenas avisté unas motocicletas estacionadas a poco más de una cuadra de distancia. Apreté el paso y llegué a otra tienda o centro de artesanías, ahora más grande y surtida; hasta tenía un letrero con su nombre en la fachada, “El Pukunero”. Las coordenadas para localizar a este recinto cultural en el mapa son 6° 25' 28.08" S  76° 31' 18.79" W. Y como pueden checar en la penúltima fotografía, el lugar es una choza más rústica que la anterior. Había una veintena de jóvenes sentados en la parte céntrica, estando entre ellos mi prima, que ni bien me vio en la puerta, me saludó con la mano. Ingresé y comencé a usar la cámara. Un loro disecado, que colgaba de una cinta atada a una caña brava, fue el primero en recibir el disparo del flash.

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24 noviembre 2011

Publicado noviembre 24, 2011 por con 0 comentarios

Artesanías en Lamas, Perú (Turismo Cultural)- Parte III

La caza es una actividad que los nativos de Lamas practican de forma temporal, aunque en tiempos remotos, en la época en que el pueblo recién se fue asentando, se realizaba a diario. La razón de esta menor frecuencia es debida al progreso de la urbanización: ahora el indio lamisto, para evitarse el muchas veces arduo trabajo de buscar su comida en el “monte”, sale al mercado o a la feria del mismo poblado o de la ciudad a comprar sus alimentos. Pero cuando es momento de la caza, tanto antaño como en la actualidad, no solamente persiguen a los animales con el fin de matar para comerlos, sino para extraerles la piel o disecarlos. Tal es el caso del tigrillo u ocelote (Leopardus pardalis). Hay algunos artesanos que los disecan hasta darle la forma del felino cuando estaba vivo y otros que sólo les sacan el pelaje, todo con el propósito de tenerlo como adorno, colección, venderlo, o, fabricar carteras, alfombras y demás cosas. Ya sé que la mayoría estará pensando que esto es una salvajada que atenta contra la fauna silvestre; pero, no seamos hipócritas juzgando los actos de personas con un nivel civilizado, supuestamente, menor que el nuestro, pues cuando hay gente que ha nacido en las metrópolis y tienen como una de sus varias aficiones, la caza deportiva, en donde se mata a los pobres animales más por placer que por necesidad. Por ende, es muy justificable la actividad que llevan a cabo los indígenas del barrio Huayco de Lamas, confiando a ciegas que la crueldad no es parte de su mentalidad.
Está claro que casi el 100% de las artesanías que elaboran los lamistos lo hacen con materiales extraídos de la propia naturaleza. Eso es lo que me aseguré al escuchar la respuesta de unas nativas que ingresaron a la tienda artesanal, al parecer únicamente a ver. Aún no salían a atender. Nadie siquiera intentó llamar. Pero, mientras me conversaban las señoras, empleando un tosco español, llegó un saludo a mis espaldas. Una joven de rasgos étnicos nos daba la bienvenida al local. Luego averiguó si deseábamos comprar algo. Ninguno de los presentes dijimos que sí. Las mujeres contestaron en quechua, frases que no alcancé a comprender. Yo dije que si sólo requería de una explicación, la llamaría. Tras esto la atendedora fue a sentarse, con los brazos apoyados en el recibidor. En cuanto a mí, volví a fotografiar las artesanías de la tienda, la que más o menos tenía unas dimensiones de 4 x 10 metros.
Las carteritas de coco son una labor muy ingeniosa en Lamas. Para confeccionar estas manualidades, se parte desde la pelada del fruto de la palmera (exocarpio y mesocarpio), dejando la primera cáscara (endocarpio y la testa); a continuación se le saca el jugo o agua (se lo bebe obviamente), se retira la pulpa (la masa carnosa blanca), se lo hace secar a los rayos del sol, después se lima la superficie y el interior, se la pinta y barniza; y finalmente se cose un cierre para la tapa y una soguilla para colgar la cartera al hombro. Así que a todas las damas, les digo que su dinero estará seguro dentro de estas carteras artesanales, difícil que se moje, ensucie, o caiga por debajo… Los otros complementos indumentarios que los lamistos artesanos fabrican para las féminas, en gran número, son los collares, pulseras y aretes. Los elementos utilizados son las semillas de muchas plantas de la zona, aunque a veces usan materiales de plástico y metal que los confeccionistas adquieren en las mercerías y pasamanerías del centro de Lamas, de Tarapoto o de las ciudades cercanas. La semilla de preferencia es el huayruro, de color rojo y negro, con forma ovalada. Y es que se trata de un excelente amuleto para mejorar la economía del quien lo porta o tiene de adorno. Es por eso que muchos peruanos supersticiosos, tienen un huayruro dentro del monedero (sencillero) o la billetera, al igual que una pieza artesanal con la semilla como parte de ésta. Por lo tanto, los caparazones de caracol o Congompe (Megalobulimus maximus) pegados unos a otros que observan en la cuarta imagen, también vendrían a constituir un amuleto, que es perfecto para ponerlo sobre la mesa de centro o el separador de ambiente. Pero hay un detalle: Existe gente quien cree que los gasterópodos en casa traen mala suerte. No obstante, dedíquense a ver un poco más la foto y saquen sus propias conclusiones. No en vano los artesanos adhirieron los huayruros.
Ahora paso de nuevo a las pieles disecadas. Otro animal al que los nativos suelen extraerles la piel es el sajino o pecarí (Tayassu tajacu). Es un puerco salvaje que habita en sabanas y bosques, desde el sur de los Estados Unidos hasta la Argentina. Todo su cuerpo está cubierto de cerdas negro-castañas, con una mancha blanca alrededor del cuello, parecido a un collarín. La carne de este escurridizo mamífero, así como la de su pariente la huangana, expele un olor desagradable, puesto que, ambos, tienen una cavidad glandular en el lomo que secreta almizcle. De los dos, la huangana apesta más, tanto que es difícil aproximársela sin la nariz tapada. Las pieles que pueden apreciar en la quinta fotografía son fácilmente identificables: por la línea blanca en torno al cuello y por su suave hedor (que recuerdo percibí) es claro que son las de sajino.
Los espejos artesanales con motivos selváticos, como el del par de guacamayos, se encuentran entre los objetos más vendidos. Los tallados en madera que aquí realizan los indígenas amazónicos son minuciosos, y más aún cuando se trata de plumíferos. En la séptima imagen, por ejemplo, se observan, aunque algo pequeño, cuatro tipos de artesanías. Dos de éstas son trabajos de tallado: la de los monos y la de los cachorrito de alguna especie de felino americano. Sobre los simios ya hablé en el anterior artículo o parte. Ahora les explico que las crías de fiera, que mucho se parecen a lagartijas o salamandras, son esculpidas en madera, posiblemente topa. No se preocupen si padecen en distinguirlas, pues al finalizar la narración de mi recorrido por el barrio Huayco de Lamas, habilitaré un link para que visualicen las imágenes en alta resolución. Las demás artesanías resultan ser unas tinajas barnizadas y unos potes con alimentos (una simbolización del trueque). Todas las tinajas que están viendo durante este post, son de las que sirven exclusivamente de adorno, y no para llenarlas de bebida o comida. Lo último que muestro son unos ceniceros poco convencionales, dado que son de resina Epoxi o vidrio líquido, con semillas de huayruro en derredor y una tarántula en medio. En la esquina superior izquierda, notarán unos llaveritos de madera en forma de tortugas.

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21 noviembre 2011

Publicado noviembre 21, 2011 por con 0 comentarios

Artesanías en Lamas, Perú (Turismo Cultural)- Parte II



Nadie salió a atenderme. Eso me dejó consternado. Si turistas extranjeros entraran a esta tienda de artesanía lamista y les ocurriera lo mismo que a mí, ¡qué opinarían de la falta de cordialidad! Y cuando digo que quedé consternado, no lo menciono tanto por mí, si no, más bien, por aquellos visitantes que vienen del exterior del país. Ese acto descuidado también resulta ser un riesgo para el propio dueño del negocio, puesto que en el mundo sobran facinerosos que poco o nada respetan la cultura de un pueblo, por lo que tranquilamente cometerían sus fechorías, tales como hurto o destrozo de artesanías. Lamas se caracteriza por ser una comunidad pacífica, como muchas en territorio peruano; pero, pese a esto, es imprudente pensar que el que vive o está de paso por la Ciudad de los Tres Pisos se encuentra a salvo de sufrir algún robo o asalto. De modo que, aparte de ser descortés al no prestar atención inmediata en el local de venta de artesanías, se está pecando de negligente ante la seguridad de una de las variadas muestras del folklore amazónico. Y que cueste que no sólo en los museos, ferias o exposiciones se deba velar por la integridad de un legado de los antepasados. Es perentorio que se dé en donde sea… Y veo que, paralizando un momento la narración de la visita al barrio Huayco o Wayku de Lamas, no ha sido una pérdida de tiempo ni tampoco una indiscreción de mi parte expresar las previas críticas y recomendaciones. Y ahora, luego de aniquilar la represión, prosigo sin más:
El sitio estaba vacío de gente y la luminosidad era escasa. Lo segundo se daba por la falta de fluorescentes y la ausencia de ventanas. A decir verdad, ninguna vivienda del barrio Huayco de Lamas tenía ventanas, a consecuencia de la creencia de los pobladores para impedir que los “malos espíritus” ingresen. Todas las casas se construyen de un material denominado tapial, que es un barro de color rojizo particular de la zona; esta tierra mojada es mezclada con otros componentes naturales para reforzar las estructuras. Los techos son de palma o tejas, aunque últimamente se ve muchos de calamina, como el de la tienda de artesanías, una tradición que lamentablemente se está perdiendo. El ambiente es fresco en el interior de estas moradas, se siente bastante humedad y el olor a tierra es permanente, nada desagradable, al menos para mí. Tal vez si el techo no hubiese sido metálico, la temperatura sería incluso más baja que estando a la sombra de un tejado de arcilla o de hojas secas de cocoteros. Dentro del negocio, sentí entre 5 y 8 grados Celsius menos, que cuando estuve en el sol, un descenso considerable que demuestra que los aparatos de aire acondicionado se pueden descartar. El frescor representaba una gran ventaja para la conservación de las artesanías, en especial de las hechas de madera y de semillas, que mantenían vivo su color, con un barnizado reluciente y una superficie lisa y reflejante. Trabajos que los lamistos han sabido moldear a la perfección, algunos con más práctica o experiencia que otros.

De los muchos talentos que tienen los indígenas de Lamas, la elaboración de máscaras es uno de los mejores en que se desenvuelven y saben variar o improvisar. Las máscaras que ven en las tres primeras fotos se confeccionaron en caparazones de tortuga, reptil terrestre más conocido con el nombre de “motelo” en la Selva del Perú y científicamente llamado Geochelone carbonaria. Por desgracia esta especie se encuentra en peligro de extinción, y no es tanto por la caza que le dan los nativos, sino por la extracción de su hábitat natural hacia criaderos, zoológicos o a las mismas ciudades, ya sea para comerlos o tenerlos de mascotas. A pesar de las prohibiciones de transporte y comercialización, su salida fuera del país se da muy a menudo y cada vez más furtivamente. Esto viene a ser una de las desventajas que acarrea el turismo en pueblos antes desconocidos por el mundo. Los recursos de la naturaleza se irán agotando más, mientras más habitantes o visitas de foráneos se tengan al lugar o zona determinada. Los lamistos, durante los últimos años, tuvieron regulares bajas en su flora y fauna. La población de motelos quizás no estaría tan diezmada. Y ya sé que muchos con buen diente prefieren tener a esta tortuga en el plato, que andando en la huerta o en el bosque; pero, reflexionemos un poco y pensemos que dentro de un tiempo estos animales podrían desaparecer. Y, después de dicho esto, no negaré que a veces almuerzo patitas de motelo aderezadas, pero sólo una vez a las quinientas. Lo bueno que los indios de Lamas le brindan dos usos a la cotizada tortuga: en la cocina y en su conjunto de artesanías.
El cabello de las máscaras (con rostros de autóctonos) que muestro en este post es real, cortado de las propias oriundas. Llevan en el cuello collares hechos de semillas, y, en la frente plumas pintadas de aves y la cabeza disecada de un mono tití o Pichico (Saguinus fuscicollis). ¡Así es! La cabeza de un simio. Y uno de los más pequeños. Especie en vías de extinguirse, también más por la caza de los furtivos que de los nativos. La tercera máscara, además, tiene un huesillo curvo atravesado por medio de la nariz, una costumbre primitiva que aún se aferran algunos lamistos… Los artesanos también confeccionan máscaras con materiales menos pesados, tales como la topa o madera de balsa (Ochroma). Sobre éstas aplican su habilidad en la pintura y los diseños simétricos, utilizando tintes que ellos preparan valiéndose del jugo de ciertas plantas. Es más común ver a los indios con las máscaras aquí mostradas en las ceremonias rituales celebradas en las profundidades de la selva de la provincia de Lamas. Los pobladores del barrio Huayco se limitan a vestirse con sus trajes típicos y sus sombreros de plumas, varios de ellos descalzos con una herramienta de caza o un instrumento musical.
Los cocos y caracoles, además de saciar la sed y el hambre de los indígenas, sirven para tallar curiosos adornos en forma de monitos. No estaría mal colocarlos sobre el escritorio o mesa de trabajo para usarlos de portaplumas o pisapapeles. Sólo es una idea… Otra simpática labor de estos artesanos son los populares recuerdos. Principalmente se componen de la miniatura de algo representativo del pueblo, con su nombre escrito. Lo que como éstos es seguro encontrar en una tienda de artesanías, son las tinajas de barro de todos los tamaños y diseños. Y los huingos decorativos, con imágenes de animales, son otra de las especialidades de los lamistos. Los puedes colgar en la pared de casa.

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15 noviembre 2011

Publicado noviembre 15, 2011 por con 0 comentarios

Artesanías en Lamas, Perú (Turismo Cultural)- Parte I

El 13 de Diciembre del 2009, domingo, —sí, ya sé que me tardé en contarles sobre esta escapada— a las 8:30 a.m. aproximadamente, partí en auto de mi cálida Tarapoto rumbo a la “Ciudad de los Tres Pisos”, la pintoresca Lamas, localizada a 22 kilómetros de la “Ciudad de las Palmeras” y entre 310 y 920 m.s.n.m. Fui acompañado de mi prima Ana Luisa, la misma que me pasó el vídeo de la muñeca que llora sangre. O mejor dicho, yo era el quien hacía compañía a ella, pues Ana visitaba Lamas con la finalidad de dictar una clase a sus alumnos de la universidad. Sus horas didácticas comprendían llevar a los jóvenes, estudiantes de la carrera de Turismo y Hotelería, al barrio Huayco o Wayku del pueblo, para conocer más a fondo acerca de los trabajos artesanales y experimentar, por sí mismos, el esfuerzo de algunas indígenas de esta parte de la Amazonía, autoras de muchas obras de arte.
El día no era ni mucho, ni poco soleado. Sólo llevé una cámara fotográfica (medio vieja) y unos cuantos soles en la billetera. Mi prima, en cambio, cargó su bolso y unos fólderes con los registros de sus alumnos. En el vehículo colectivo que abordamos, cupimos cómodamente cuatro pasajeros: Ana, dos señoras, y yo. Los universitarios llegaron a Lamas en distintos medios: motocicletas, motocarros, otros autos, y hasta bicicleta (algo que me trae buenos recuerdos).
La Plaza de Armas de la Ciudad de los Tres Pisos fue el punto de encuentro que Ana coordinó con los jóvenes. Mi prima, aparte de reunirse con ellos en dicho lugar, lo hizo también con una señorita empleada de la Municipalidad Provincial de Lamas, experta en convivir con las etnias de la zona. Esta persona haría las veces de su guía turística. Fui formalmente presentado por Ana. Y un cuarto de hora después, viendo que el resto de alumnos se estaba demorando, me despedí por unos momentos de la hija de mi tía y su nueva amiga, la trabajadora del Concejo. Arreglamos encontrarnos en el barrio Huayco. Así que mientras esperaran a los demás estudiantes, yo daría unas vueltas por la Lamas Alta, fotografiando y filmando todo lo que iría calificando de interesante… Donde me había entretenido más fue alrededor de un castillo de piedra estilo medieval. Pero esa, es una historia que pasaré a escribirla en un futuro cercano, ya que debo centrarme lo que dice el título de éste y los siguientes posts… Reanudo, salteando:
En torno a las 10:00 a.m., cuando el sol ya empezó a quemar un poco más, me alejé del castillo, no sin dispararle un último flash. Al borde de un pequeño parque, como a cinco cuadras de la fortificación turística, descendían unas escalinatas de cemento y piedras. Desde los barandales superiores se podía disfrutar de una encantadora vista de la plaza del barrio Huayco y sus calles aledañas. Bajé las gradas de dos en dos o de tres en tres. Crucé la calle que daba a la plaza y, con la cámara en funcionamiento, anduve un rato por las veredas. Me gustó mucho la estatua de una nativa lamista quitándole los piojos a su niño, una escultura que resume la vida cotidiana de las indias hispanas, los quehaceres de las madres y abuelas. Las coordenadas geográficas exactas de este esculpido en piedra son 6° 25' 25.50" S  76° 31' 22.45" W. Búsquenlo a través de Google Earth, que el quien escribe subió la foto ubicándola en el mapa.
Luego de deambular diez minutos por la plaza, decidí que era momento de localizar a mi prima y a sus alumnos; pero casi de inmediato cambié de opinión, pues en frente de una gran área verde me topé con una tienda de artesanías. No vi ningún letrero arriba de la puerta. Solamente los trabajos artísticos de la cultura lamista colgaban a la entrada del negocio. Y que conste que no visitaba el barrio Huayco de Lamas con el propósito de comprar recuerdos (artesanías). Tenía la exclusiva misión de fotografiar y filmar las labores artísticas del milenario pueblo sanmartinense. De esa manera, a medida que, entre párrafos, vaya publicando las imágenes que capturé aquel día, iré narrando los sucesos, y de paso, describiendo lo que fui observando en el interior de los comercios quechuas. Para mí ya es muy común tener de cerca a este estilo de artesanías; sin embargo, para gente de otros departamentos del Perú y el resto del mundo, quizá no lo sea. Puede que tú, amable lector, aún no hayas tenido la oportunidad de conocer a la cultura lamista. Ahora, durante la secuencia de este relato, podrán informarse al respecto, haciendo un paseo virtual en tanto aprecien las fotos y el vídeo que colocaré al final de todo.
Y como dije, la tienda de artesanías de cara a la plaza, la primera a la que entré, no contaba con un rótulo encima del ingreso, que indicara el nombre del establecimiento. De unas cañas bravas del techo que sobresalía a la vereda, pendían unas cortinas hechas con semillas de plantas nativas de la selva del Perú, tales como el huayruro (Ormosia coccinea), el ojo de vaca o buey (Mucuna mutisiana), y el cerebro de mono, sin faltar también los trozos de carrizo y las escamas de pescado. Al lado izquierdo de la puerta, sobre un sujetador de prendas, que clavaron a través de la caña brava y la pared de barro, había un traje típico de las mujeres lamistas. Estas vestimentas son teñidas por los mismos indígenas con tintes de ciertos frutos que se propio medio los provee. Tras tomar una foto al colorido conjunto de ropa, traspasé el umbral con la cámara encendida y en estado de espera. La tienda estaba llena de artesanía lamista de la más surtida: Guacamayos y loros de madera, monitos y roedores de coco, tinajas y otros recipientes de barro, máscaras de caparazón de tortuga, pieles disecadas (de felinos, cerdos salvajes y reptiles), tallado en troncos de caoba o cedro, adornos con conchas de río o huingos (Crescentia cujete), además de canastas, amuletos, llaveros, etc.

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