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18 enero 2010

Publicado enero 18, 2010 por con 0 comentarios

Paseo en bote por el río Mayo (Ecoturismo en Moyobamba)- Parte III (Final)


Había fotografiado a la gente saliendo de la embarcación. Justo en el lapso que el adolescente y el quien escribe nos detuvimos en medio del río Mayo, los rayos del sol se proyectaron con más potencia en esta parte de la Amazonía sanmartinense, que me obligaron a mojar la cabeza y el cuello. Permanecimos en la misma posición (con la proa y la popa dirigida a las orillas) hasta que el muchacho terminó de poner algunas cosas en orden, entre éstas, atar un curvado palo, que hacía las veces de mástil de la bandera peruana, de uno de los postes del techo del bote. Pero antes de que él irguiera uno de nuestros símbolos patrios a mejor vista, le pedí si quería que le fotografiara de pie en uno de los extremos del bote. Inmediatamente aceptó y posó sin la más mínima vergüenza, lo que me hizo pensar que era común que los turistas y visitantes le pidieran lo mismo que yo. ¿Qué aventurero no acostumbra a tener recuerdos de las personas que conoce en sus viajes? En toda mi mañana de recorrido por Moyobamba, el chico del bote ha sido el primer ser humano a quien pedí permiso para capturarlo con la cámara de forma directa. Por fortuna no se hizo de rogar como ciertos individuos a quien tuve oportunidad de conocer. Eso lo contaré en posteriores segmentos de este blog… Y luego de que la imagen del pequeño (o no tanto) conductor del bote quedó automáticamente almacenada en la tarjeta de memoria del trasto digital, volví a reclamar su colaboración, esta vez para que él disparara el flash sobre mí. Y así es como este bloguero consiguió otra foto en cuerpo entero.
Después de orientar el bote río abajo, se inició el retorno al puerto de Tahuishco, y entonces me instalé de nuevo delante de la embarcación. A partir de ahí, sentiría acelerarse el tiempo; siempre es así cuando regreso de algún lugar (en especial natural), a pesar de que si paraba más veces que a la ida. Filmé y tomé fotos casi la misma cantidad de veces que en la primera mitad del paseo ecoturístico. Las corrientes de aire fueron menos fuertes y la temperatura ascendió unos grados, de manera que salpicaba mi cabello de forma más seguida, e inclusive bebí un poco de agua de la botella que guardé en mi mochila… “¿Cómo es que un muchacho ya cuenta con bote propio para pasear y transportar a la vez, a cualquier persona que se acercase al puerto?”, me dije. Yo ni siquiera poseía una motocicleta a nombre mío. De tanto pensar el asunto, no pude más con la curiosidad, y le pedí al chico que me explicara si era verdad que la embarcación era suya completamente. Esperé que me contestase con mayores detalles, pero sólo respondió diciendo una sola frase: “siempre ha sido mi bote”. Le creí, pues no mostró signos de mentira y hubo total seguridad en cada una de las cinco palabras que articuló. Lo siguiente que hice fue fotografiar el ondear de la bandera peruana. Ninguna de las tomas salió perfecta por culpa de la sobriedad del viento.
Cuando llegamos al puerto de la balsa cautiva, el muchacho detuvo otra vez el bote en la orilla, ahora para subir a dos personas de mediana edad. Éstos se sentaron bajo el techo de la nave, y desde que se instalaron no dejaron de conversar entre carcajadas. Rápido estuvimos nuevamente moviéndonos al mismo curso del río y a mayor velocidad que antes. Los árboles, arbustos, sembríos, pastizales, y toda la naturaleza en su conjunto, pasaron más fugaz ante mis ojos. Pero esto duró muy poco, ya que otro pasajero tuvo que “agregarse” al bote. Fue un joven campesino, quizá algo menor que yo, con cierta característica difícil de olvidar: tenía las axilas y todo el tronco apestosos. Pude aguantarle. Además, traía consigo un saco lleno de granos de café que era bastante posible que lo hizo transpirar tanto y, por ende, oler de una manera criminal. Como a tres minutos que se acomodó en el bote, la embarcación del Hotel Puerto Mirador pasó en sentido contrario a nosotros. Un buen número de sus tripulantes eran niños y el resto madres de familia. Filmé y fotografié su cruce a babor. Quise contar con otra foto luego de eso. El sujeto más cercano a mí era el hediondo, y si pedía a cualquiera de los demás que me capturara con la cámara, el tipo pensaría que lo estoy esquivando, o peor, que lo estoy discriminando. Así que me vi obligado a pedir su colaboración. Me tomó dos, la primera pésima pero la segunda se podría decir que regular. Le di las gracias mientras recibía el artefacto, el cual limpié después con mi polo sin que lo notara.
Tras casi 25 minutos de paseo ecoturístico, alcancé ver el puerto de Tahuishco. Había menos botes que cuando partí, y sin darme mucha cuenta, la nave en la que estuve deslizándome por las aguas del río durante el final de la calurosa mañana, tocó tierra y cada uno se bajó, excepto su fiel servidor, que quiso dar una última contemplada de cerca al serpenteante Mayo. “Fin del paseo”, dijo con calma el muchacho desde tierra. “Lo sé”, repuse.

Y ahora, lectores, visitantes, seguidores y fans de Me Escapé de Casa, les dejo algo interesante, que ya es costumbre: un vídeo (colgado en Dailymotion) para que se entretengan. Aparte, más abajo, he dispuesto un link para que descarguen fotos en alta resolución del paseo fluvial (que subí a Mega).

Imagen


FIN
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16 enero 2010

Publicado enero 16, 2010 por con 0 comentarios

Paseo en bote por el río Mayo (Ecoturismo en Moyobamba)- Parte II


La embarcación avanzaba lento. Nadie tenía prisa. Los campesinos y la señorita, que al parecer era una familiar, platicaron amenamente de cosas personales. Las labores en sus terrenos o chacras, por lo visto, estaban bien cronometradas. Tampoco yo quería que el paseo se acabara en menos de lo que dijo el muchacho. Íbamos a la velocidad que en lo normal uno anda en bicicleta. Tras tres minutos aproximadamente de estar en el bote, pregunté al jovencillo si podía sentarme en la proa para sacar mejores tomas. “Claro”, contestó. Y, quien escribe, entusiasmado por observarlo todo desde adelante, se sentó en la punta frontal de la nave, sobre un tablón. La sensación térmica era inferior de la que sentí bajo el techo de la embarcación y en el Puerto de Tahuishco. El sol no había disminuido su fuerza, pero la brisa y la cercanía al agua refrescaron mi entorno, y para mi deleite, se manifestó un momento de paz y tranquilidad. El sudor de mi cuerpo y ropa se fue secando de forma progresiva. Por un tiempo indefinido estuve haciendo cuatro cosas: fotografiando, filmando, oteando los paisajes, y mojándome los pelos. Ni por un segundo me metí en la conversación de los demás pasajeros. Era como si no existieran hasta que la señorita con atuendo de turista me llamó desde atrás. Me entregó su cámara, pidiendo que les tomara unas fotos. Fue un cacharro mecánico el que dejó en mis manos, lo que me hizo suponer que vivía en algún pueblo de por allí, por donde la tecnología aún no llegaba como en Tarapoto. Posiblemente, la joven se dio el lujo de realizar un tour turístico o ecoturístico por el resto de la región San Martín, y en esos instantes estaba retornando a su hogar. Derivé que su “escapada de casa” estuvo inmortalizada en casi todo el rollo de la cámara, ya que sólo pude tomar dos fotos. “Con eso basta, amigo”, dijo. Rogué que el rollo estuviera lleno y que la cámara no se hubiera dañado. No alcancé ver el indicador de tomas y la chica de inmediato se puso a hablar con los campesinos, sin hacer el clásico apiñamiento para ver la pantallita del artilugio fotográfico, puesto que —como se los dije— éste era el de los “antigüitos”.
El bote seguía deslizándose a la misma velocidad y las nubes del cielo se fueron abriendo más, cubriendo de rato en rato la cara del astro rey. “Creo que ya es hora de tener también una foto en este lugar”, hablé entre dientes. Así que disparé el flash varias veces a mi rostro, pero al final, ninguna de las imágenes me gustó tanto como realmente deseaba. Si no se veía bien el ambiente de los alrededores, las fotos no tenían mucho sentido, aparte de que las facciones del autor de este blog, de cerca asustan a cualquiera. Y por lo que, mi siguiente movimiento es lo que todos ya suponen: Pedir a la joven que me devuelva el favor. Sentado en la proa y dando la espalda al horizonte que se extendía río arriba, la muchacha me tomó una excelente foto ecoturística, un cuadro más en la bella Amazonía peruana, en mi hermosa selva que esconde miles de aventuras.
La corriente del río Mayo se mantenía parsimoniosa, buena para cruzar a nado de punta a punta sin ningún problema. Desde que fui fotografiado, transcurrió poco hasta que llegamos a detenernos unos minutos cerca a una plataforma flotante que servía de transporte de un extremo a otro del Mayo, y la cual se deslizaba mediante la fuerza del agua con la ayuda de un sistema de cuerdas y poleas. Había visto un ingenio similar antes en la misma región San Martín. Encima de estas plataformas incluso se hacen pasar vehículos, tales como autos y motocicletas. Y justamente, a la hora que el bote se paró en la orilla del río, un joven descendió de la balsa cautiva conduciendo su moto y un señor levantando su saco con arroz. Éste último se aproximó al bote para ayudar a bajar una carga que los campesinos pusieron a su responsabilidad. Por un pelo no dejamos al perro que se había bajado de la nave fluvial para revolcarse en la orilla. Éste se lanzó al río, y su amo y yo le subimos al bote agarrándolo de las patas… En tanto seguimos el paseo, al menos para mí, porque para los demás pasajeros era una “actividad” cotidiana, fui divisando cada vez más ancho y elevado al más famoso cerro de todo el Altomayo, el morro de Calzada, que hace meses atrás lo escalé en tiempo récord. Les invito a leer aquella aventura; sólo tienen que cliquear en el último link que habilité. Así como viajar en bote durante unas horas hasta lo profundo del bosque del Altomayo (la dirección a éste es por la que iba esa mañana), practicar trekking en el morro de Calzada también es una aventura llena de emociones. Lo primero espero consumarlo este 2010. Dios quiera que no sólo conozca hasta cierta altura del río Mayo, como lo hice ese sábado 7 de Noviembre del año que se acaba de ir. Lo que los turistas deben saber bien, es que el clima en esta zona del Perú es caprichoso, nunca lo predecirás con exactitud. Durante el paseo que tuve, por unos momentos, el cielo se envolvió de bastantes nubes que creí que iba a llover; sin embargo, el sol brilló de nuevo, y tan fuerte, que me chamuscó más la piel.
El chico manejaba el bote por el lado derecho, como si fuera un chofer yendo por la carretera. Ya sea en tierra o en agua se debía de conservar la derecha para evitar accidentes. Pasamos una canoa vacía, que flotaba amarrada de un palo en la orilla. Y apenas unos metros más arriba, escuché a uno de los campesinos gritar por encima del ruido del motor del bote. “¡SÓLO DÉJANOS AQUÍ!”, fue lo que pronunció con total claridad. El chibolo obedeció, y ágilmente hizo una maniobra para ubicar la proa y estribor en la ribera. Toda la gente de campo bajó a tierra, y al final solamente quedamos dos personas en el bote: el muchacho que conducía y yo. Ya eran como 15 minutos que había estado paseando, por lo que el dueño de la pequeña nave decidió dar media vuelta.


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14 enero 2010

Publicado enero 14, 2010 por con 0 comentarios

Paseo en bote por el río Mayo (Ecoturismo en Moyobamba)- Parte I


El 7 de Noviembre de 2009, a eso de las once de la mañana, bajo un ardiente y sofocante sol, descendía con un poco de prisa por unas zigzagueantes escaleras. Sin aún con ganas de hacer algo especial, me dirigía al puerto de Tahuishco, principal puerto fluvial de la ciudad de Moyobamba, departamento de San Martín (Perú). Minutos atrás que salí del local donde se desarrollaba el XIV Festival de la Orquídea 2009, ubicado —en esos momentos— arriba y a espaldas de mí, en el mirador turístico (y boulevard a la vez) de Tahuishco. Mientras más cerca veía a las pardas aguas del río Mayo, más me provocaba tirarme de la orilla. La bajada de las gradas de concreto no fue tan corta como pensé, y cuando llegué a la ancha calle horizontal que acababa en el borde del agua, tenía el cuerpo tan empapado de sudor que me saqué el polo para exprimirlo. Antes había pasado debajo de una gigantografía sujeta de dos postes de luz que daba la bienvenida al puerto de Tahuishco y a cierta distancia de unos restaurantes (a la derecha) y unos tambos al aire libre donde vendían comida regional (a la izquierda).
En el puerto de Tahuishco había como una docena de botes atados con sogas en sendos palos clavados en el barro semi-seco de la orilla. Algunas de las embarcaciones tenían techo, ya sea de hojas de palmeras secas o de madera. Todos los botes que vi, se deslizaban por motor. Los más grandes permanecían flotando al pie de unas gradas que terminaban en el canto del agua. En uno de ellos colocaron banderines sobre su techo, la del Perú era el de mayor tamaño; detrás había la de países de distintos continentes. Entre aquellas aprecié uno de Japón, Argentina y Francia. En cuanto al otro bote, éste pertenecía al Hotel Puerto Mirador, que tiene sus ambientes en la misma ciudad de Moyobamba. Quizá el primer bote también era propiedad del mencionado centro de servicio habitacional. No estoy muy seguro de eso. Tal vez si en esos instantes hubiesen estado turistas o huéspedes a bordo de ambas naves, lo hubiera comprobado. Más tarde, ya paseando por el río, sólo me cruzaría con la embarcación que mostraba el nombre del hotel con su logo al costado (una mariposa)… Las orillas del Mayo estaban casi vacías de gente. Una o dos veces arribó otros botes con unas cuantas personas. Recuerdo a un grupo de conversadores uniformados que descendieron a tierra. Fueron algo de diez obreros con chaleco y casco naranjas que probablemente venían a almorzar luego de trabajar de la construcción o reparación de algún reservorio de agua o un canal de regadío. Así lo deduje, dado que a apenas unos metros de las márgenes del río Mayo, había una gran extensión de arrozales y demás cultivos que requerían de bastante agua o humedad. Fotografié y filmé la ribera y los árboles de la costa opuesta. Después, bebí el líquido elemento de una botella que llevé en mi mochila.
Mientras decidía si zambullirme en las frescas aguas del río Mayo, oí el llamado de un niño (casi adolescente) desde uno de los botes medianos. “¡Amigo, le doy un paseíto!”, gritó alzando los brazos. De inmediato apunté a mi cuello con el índice estirado, y dije “estoy aguja, chibolo”. Para los que no conocen el gesto y la jerga, les digo que significan lo mismo: con nada o poco dinero. Pero el muchacho no se rindió, y siguió insistiendo, tratando de convencerme de que ser testigo de los paisajes en torno al Mayo es una experiencia que muchos turistas de cualquier parte del mundo desearían vivir, hasta el punto de considerarse una aventura, pese al corto tiempo del paseo y la escasa distancia recorrida. Confesó que lo más importante de esta vuelta por aguas moyobambinas es la paz que se siente y el aire puro que se respira, cosa que comprobé ya que al final quedé atraído por experimentar lo que el jovencillo prometía. De modo, que sin más titubeos, abordé su bote. Antes, al estar todavía en tierra, dijo que el “viajecito” sólo me costaría 5 nuevos soles y duraría alrededor de 20 minutos. Iríamos río arriba hasta unas alturas desde donde se avista el morro de Calzada; luego daríamos media vuelta. El bote al que me subí era una embarcación cómoda y conservada, aunque tenía la pintura un poco descolorida y manchas y restos de fango y moho. No obstante, eso era lo de menos. Suficiente con que no tenga orificios en el piso.
Cuando pisé por primera vez en el bote, éste se tambaleó a los lados y el barro de la orilla se vio arrastrado. “Toma asiento”, dijo el chico. “Espera un ratito, que allí vienen más pasajeros. Ellos regresarán a sus fundos nomás. Los traigo y los llevo muy seguido”. Así fue. Después de un minuto, intervalo de tiempo que aproveché en tomar fotos, filmar y mojar mi cabello, cuatro campesinos (tres hombres y una mujer) y una señorita con ropa de viajera fueron ocupando los demás asientos. Un perro también se metió al bote, jadeando y moviendo la cola. El muchacho subió al último y preguntó si todos estábamos listos. Los seis asentimos, e incluso el can lanzó un ladrido. Enseguida, el dueño del bote se paró a un borde de la popa para prender el motor. Lo logró en el segundo intento. De forma rápida, orientó la hélice de tal manera que la nave se alejara de la orilla, y posicionara la proa hacia el frente, en contra de la corriente del Mayo. El paseo ecoturístico había dado inicio. Era creo que la quinta ocasión en que me deslizaba en esa clase de transporte por las aguas de un río o laguna. No dejé de “sacarle el jugo” a la cámara. Hubiese querido poseer dos en esos momentos. Cuando estaba grabando vídeo, quería fotografiar, y cuando sacaba las fotos, quería filmar. ¡Qué locura! Al levantarme temprano aquel sábado, ni siquiera me imaginé que estaría paseando en bote a más de 100 kilómetros de casa antes del mediodía.


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